27 enero, 2016

Entre dos fujimorismos

Hace 15 años que no vivía una campaña electoral presidencial peruana estando en el Perú. Es realmente una experiencia muy dura ya que el deterioro general del país aflora por sus cuatro costados. Si hace quince años había puyas y bastante suciedad en las campañas, también había algunas ilusiones tras el fin de la dictadura, algo de vergüenza por lo acontecido y un poco de ideas y algo de verdades. Hoy el ambiente es muy repulsivo por el nivel de ignorancia, de cinismo y la violencia con la que se desarrolla lo que debería ser un debate entre personas e ideas. Además, en las excepciones (en orden alfabético: Barnechea, Guzmán, Mendoza) se aprecia falta de filo, algo de torpeza, soberbia e incluso algunos personajes indeseables agazapados tras un/a candidato/a potable.
Así, es muy difícil sobreponerse al ambiente de estercolero y tratar de pensar en los problemas mayores y, por esa razón, me animo a escribir sobre la situación coyuntural (cosa que prefiero evitar como regla general) ya que creo que implica una situación mucho más grave que lo que suele ocupar nuestra coyuntura cuasi farandulera/delincuencial.
Estamos en una situación en la que existe una importante probabilidad que en la segunda vuelta presente como opciones a dos versiones del fujimorismo:
  1. la versión genética, la que porta el apellido y algunas de las viejas figuras; una versión que dice querer distanciarse de las viejas prácticas pero que no se atreve a llamar al crimen por su nombre (los llama “errores”) y traiciona sus intenciones manifiestas con hechos cotidianos como una lista parlamentaria que “incomoda” incluso a personas que hacen parte de ella; y
  2. la versión engendrada por el fujimorismo, la que no tendrá el apellido pero que representa la cultura política acuñada en los años noventa donde la plata puede pragmáticamente primar y aplastar cualquier cosa; donde no existen reparos, moral, un mínimo de sangre en la cara; donde se celebra la ignorancia y se le llama “compromiso con la educación,” y donde se puede abofetear al país entero con la billetera y decir altaneramente que lo único que falta en su carrito de compras es la presidencia del país.
Si esto es así, debería resultar más que evidente que el siempre bien recibido crecimiento económico (del ciclo que estamos terminando) no ha ido acompañado por un progreso en niveles de civilidad; es decir, no ha representado nada que se parezca a desarrollo: lo peor de los noventa (el cinismo, la mentira, la ignorancia, la desconsideración por el otro, el pisoteo de las normas, la destrucción de las instituciones, el robo descarado, etc.) sigue muy campante y electoralmente respaldado por medio país. ¿Será que los 90 nos legaron un país cínico y lumpenizado?
Esto debe ser refregado en el rostro de todos aquellos que a lo largo de estos años han denostado de cualquiera que haya tratado de sugerir que el crecimiento (la plata) no es lo único que importa. Las últimas dos décadas han estado marcadas por el desinterés –salvo honrosas excepciones- de quienes más podrían hacer (a más poder, más responsabilidades) por la cultura, el arte, la reflexión crítica, y la construcción institucional. En particular, los sectores económicamente pudientes y la prensa destacan por su obcecación: ganar plata justifica la TV/radio/diarios basura, ganar plata justifica escaparse de responsabilidades tributarias y subvencionar a delincuentes convertidos en “políticos,” ganar plata justifica no apostar por la educación o por las instituciones, sino por los candidatos con los que se puede “negociar.” De hecho, cada vez que alguien se ha atrevido a decir que la plata no es todo, que el Estado debe actuar para garantizar derechos y promover el bienestar, que se necesita diversidad de opinión y no un dogmático y miope evangelio económico, viene el carga-montón premunido de insultos a cargo de diversos adalides del oscurantismo (empezando por algunos emblemáticos seudo-periodistas amados por las tribunas de nuestro circo romano).
Hoy muchos se rasgan las vestiduras ante la presencia de los dos fujimorismos pero ¿qué hicieron para que el país pueda producir algo mejor que esto? ¿acaso ya no están calculando con cuál de los dos pueden “negociar” como antes negociaron con los gobiernos más corruptos de la historia del país? (es importante hablar en plural, sino terminamos con la escena cínica de “al ladrón, al ladrón” que hemos presenciado en los últimos días).
En 2011, la entonces única candidatura del fujimorismo llegó a la segunda vuelta gracias a la miopía y el mezquino interés de tres candidatos (Kuczynski, Toledo y Castañeda) ya que si sólo uno de ellos hubiese depuesto su pequeño interés en aras de alguno de los otros dos, la segunda vuelta hubiese sido de otra forma. ¿Vamos a repetir el plato? 
Personalmente, pienso que Gonzáles Prada sentiría que sus palabras más vehementes quedarían cortas para describir a nuestros “doctores” del plagio y del narcoindulto, a nuestra versión caricaturesca del monje copista, a los moralistas que protegen pederastas, a la candidata de la mochila cargada por el latrocinio de su padre y algunos de sus tíos (sanguíneos y “de leche”) a los que no se atreve a condenar, etc.
¿No será tiempo de decir basta?

Aquellos que se supone no son parte de este legado nefasto ¿no deberían empezar a discutir como unir fuerzas para poder tener una opción en la segunda vuelta?
¿No deberíamos demostrar de modo activo nuestro rechazo a esta situación y exigir que quienes representan esa decadencia del país simplemente, en un rapto de dignidad, colaboren multiplicándose por cero?

Gracias Carlín por ayudarnos a sobrellevar estos tiempos:

Tomado de: http://larepublica.pe/impresa/carlincatura/732265-carlincatura-del-sabado-9-de-enero-de-2016

12 septiembre, 2015

“CADE Universitario: El cliente final de la educación superior es el empleador”

El 9 de septiembre, el diario Gestión publicó una noticia tomando las declaraciones de una integrante del Comité Organizador del CADE Universitario de este año (ver noticia aquí). Esas declaraciones se resumen (no se si con propiedad) en la frase que encabeza dicha nota y que tomo como título de este post.
¿Estamos realmente tan cegados por la ideología que las cosas se pueden plantear sin ningún desparpajo de una forma tan ridícula como ésta?
Empecemos simplemente poniéndonos desde la lógica del mercado: ¿no es el cliente aquél que paga por el servicio que se le brinda? Desde ese punto de vista el “cliente” de la educación superior es el estudiante quien paga de su bolsillo, mediante un crédito, o mediante un subsidio (familiar o de otro tipo). ¿Por qué el cliente tendría que ser uno que no paga por el servicio? ¿Acaso el cliente de un restaurant es, por ejemplo, el empleador del comensal? A fin de cuentas el empleador se va a ver beneficiado de que el comensal recupere sus fuerzas y se distraiga en el restaurant, ¿es ésa la "lógica" del argumento?
La mayor parte de la educación superior es sufragada, en el mundo, con tributos. Los tributos no pertenecen de modo directo a quien los paga, sino que son recursos transferidos por la comunidad al Estado para que éste (al menos en una sociedad moderna) opere y asegure finalidades públicas. ¿Por qué la comunidad habría de sufragar un servicio que tiene como “cliente” a otro? o, dicho de otro modo, ¿por que el interés de un particular habría de determinar el propósito de aquello que sufragamos todos y que supone tener una finalidad pública?
Lo anterior sólo muestra lo ridícula de la frase; sin embargo, una discusión más seria del tema mostraría que lo que está detrás de esta afirmación no es sólo una frase boba, sino una opción y, más allá de ello, una ideología (en el sentido más Marxiano de la palabra): el empleo futuro es visto como el aspecto definitorio central de la educación. ¿Es esto así?
Evidentemente, ésta es una perspectiva sobre la educación, legítima, pero no la única. Desde los años 60, una parte de la ciencia económica ha postulado que la educación es inversión en generación de capital humano; es decir, una inversión que tiene como propósito incrementar la capacidad productiva de las personas. Esto explicaría que las personas y sociedades inviertan en educación ya que se trataría de una inversión rentable pues, en el largo plazo, permite que las personas seamos más productivas lo que permite incrementar los ingresos futuros de las personas, así como contribuir de mayor manera al crecimiento económico de los países.
Esta perspectiva suena razonable y hay personas que adoptan esta perspectiva y otros que no lo hacemos. Hasta ahí no hay mayor problema. Las cosas se complican cuando se transforma una perspectiva que legítimamente se preocupa por una dimensión del fenómeno educativo en un canon para determinar supuestos principios o verdades últimas como el despropósito reproducido en el título.
Así como existe esa perspectiva sobre la educación, existen otras. Por ejemplo, el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (instrumento legal que ha sido suscrito por casi la totalidad de los Estados), señala en su segundo párrafo que:
La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz. (Tomado de: http://www.un.org/es/documents/udhr/)
Como queda claro, no hay la más mínima mención de la preocupación económica (entre otras razones porque la teoría del capital humano se formuló varios años después), sino más bien una visión humanista de la educación que, además, se engarza con los desafíos más importantes que el mundo identificaba en ese momento (y que probablemente hoy son aún más urgentes). Evidentemente, algunas personas todavía recordamos estas palabras y debemos insistir en ellas para que la ideología actualmente en boga no termine ahogando cualquier resquicio de pensamiento crítico.
Pero esto no es sólo un tema de diversas perspectivas. Déjenme ilustrar este punto de la siguiente manera. Imaginemos por un momento que la educación no logra mejorar la productividad de las personas (si bien es algo que difícilmente suceda, no es algo inverosímil) ¿debemos por tanto dejar de invertir en educación? 
Esta ilustración profundamente retórica sólo sirve para develar lo fundamental: debemos invertir en una educación que, por ejemplo, promueva la tolerancia y la amistad entre las naciones así eso no se traduzca en ningún beneficio económico!! Es decir, la educación es un fin en sí misma dado su entronque con lo que valoramos de la humanidad y no es un elemento subsidiario a la lógica económica (u otra). 
Espero que al plantear las cosas de esta manera aporte un poquito a que podamos algún día abrir los diarios y leer menos tonterías o, al menos, a leerlas acompañadas por un comentario indignado.
Yo no tengo problemas con que haya gente que en su ensimismamiento ideológico crea que todo debe ser puesto al servicio de la gran empresa, a fin de cuentas las personas son libres de consumir las sustancias que prefieran, pero lo que si me resulta inadmisible (por la ceguera ideológica que denota) es que tras veinte años de hacer exactamente eso, no se perciba que los innegables beneficios económicos que se han verificado en el país, no son suficientes para construir una vida civilizada: uno puede usar una tarjeta de crédito para comprarse zapatillas de marca, cargar combustible en un auto nuevo, etc; pero tener una sociedad en la que hay respeto por el otro, donde se garantiza la dignidad de cada uno, donde las instituciones operan, donde se vive en civilización … no tiene precio.