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27 enero, 2015

El hombre que amaba a los perros

Hace unos días terminé de leer (aunque aún no termino de digerir y no creo que pueda hacerlo por mucho tiempo) "El hombre que amaba a los perros", de Padura.

Más allá de los méritos literarios que no me siento capaz de juzgar, es una historia que me tiene emocional e intelectualmente atrapado: los mejores sueños de occidente tornados en las peores pesadillas; vidas entregadas a (y envilecidas o simplemente destruidas por) causas completamente opuestas a lo que se supone que pretendían ser; pueblos enteros sojuzgados de una manera miserable; la demencia encaramada en el poder y servida por personajes sombríos (y, a veces, por algunos brillantes); y, en medio de todo esto, héroes y villanos capaces de amar a los maravillosos compañeros que tenemos desde hace 30 mil años.

1920
Por otro lado, para aquéllos que en mucho fuimos forjados el siglo pasado, hay muchas moralejas que pelean con nosotros para ser extraídas, que se resisten a mostrarse de modo evidente ante quienes compartimos muchos de esos sueños y que, de alguna forma, nos atrevimos a descubrir la pesadilla no para buscar un escape (como el renegado que simplemente cambia de dogma o de capilla pero es incapaz de vivir sin uno y otra), sino para lidiar con ella pues sueños y pesadillas no son mundos distantes, del mismo modo que ángeles y demonios coexisten dentro de cada uno de nosotros.

Me gustaría decir con el mejor de los personajes históricos presentado en la novela que "mi fé en el futuro (...) de la humanidad es hoy más firme aunque no menos ardiente que en mi juventud" pero no compro que la historia tenga un telos, así es demasiado fácil y resulta falaz (esa es una de las razones por las que perdiste la batalla y tu propia y brillante vida mi querido y admirado LT -confiaste demasiado en algo que no existe). Sin embargo, que cada uno construya su propio telos es infinitamente más desafiante y gratificante (incluso cuando uno pierda las batallas o hasta la propia guerra) que una vida en la que todos los rumbos parecieran terminar en la caja de una tienda en un Centro Comercial.

22 febrero, 2013

Homo sapiens? sapiens??

En 1735, Lineo publicó su clasificación del reino animal. En esta primera versión de su trabajo, incluyó la especie Homo, junto a los Simia y Bradypus, bajo la clase Anthopomorpha, del grupo Quadrupedia. Sin embargo, versiones posteriores de su clasificación (la misma que pasó de unas breves tablas hasta un volumen de varios cientos de páginas) se distanciaron de este primer intento. Así, en la décima edición (1758) de su ahora llamado Systema Naturae, el Homo nosce te ipsum (que se conoce a sí mismo y que incluye al Sapiens, Americanus, Europaeus, y Asiaticus) aparece en la clase Primates en el grupo Mammalia. Pero, más importante que esto, resulta la forma como se refiere al Homo en su sección primera:


Lo que en una traducción libre podría resumirse de la siguiente manera: Oh gran hombre, eres el porteño de la creación.

En efecto, al parecer Lineo fue objeto de muchas críticas relativas a su primera clasificación que pecaba (pun intended) de poner bajo un mismo techo al hombre y al simio y, además, de agruparlos por su morfología (Anthropomorpha) cuando el ser humano se supone que ha sido creado diferente de los simios y a imagen y semejanza de alguien más.

Resulta interesante contrastar esta imagen del ser humano con la creada simultáneamente por Jonathan Swift, quién presentara a los humanos como los despreciables yahoos en el último de los Travels into Several Remote Nations of the World, in Four Parts. By Lemuel Gulliver, First a Surgeon, and then a Captain of Several Ships,  (primera edición en 1726, edición enmendada en 1735).

Más allá de esto, trescientos años después, el homocentrismo al que concedió Lineo sigue imperante como si la historia no hubiese mostrado que (i) el ser humano es muchas cosas más y distintas de sapiens, y (ii) que eso de sapiens parece ser un atributo cuestionable si al registro histórico y a mucha de la barbarie presente nos atenemos: no hay duda que los seres humanos podemos pensar, lo que no resulta claro es que hagamos uso de dicha facultad con una frecuencia y significación suficiente como para identificarla como EL elemento clave para efectos de la taxonomía.

¿Qué clase de sapiens puede destruir su planeta -en realidad el planeta que comparte con otras formas de vida- y a sus semejantes? Uno que si bien tiene la capacidad de conocerse a sí mismo, también tiene otras cualidades que lo hacen aborrecer de dicho conocimiento y de su posibilidad de razonar. Así, el término sapiens (peor aún cuando se usa dos veces) deja de lado demasiadas cosas como para ser adecuado ya que la facultad de razonar no siempre (por no decir, la mayoría de las veces) se usa; y no necesariamente distingue al humano de otras especies. El homo no sólo tiene la capacidad para pensar, también puede nadar, correr, inventar, volar usando algún invento suyo, significar, formular juicios morales y estéticos, mentir, reir, asesinar, etc. Algunas de estas cosas, también las pueden hacer otros animales y no hay una razón clara (excepto una perspectiva cultural propia de los tiempos de Lineo y del racionalismo occidental hegemónico hasta hace muy poco tiempo) para identificar al homo con el atributo sapiens máxime cuando se ha verificado inteligencia en muchas otras especies (ver capítulo de Nova sobre inteligencia en animales). En realidad, si queremos destacar como específico de lo humano la actividad mental, tal vez quepa más asociarla con la capacidad para construir sentidos (absurdos, imaginarios, fantásticos, realistas, etc.) que con atributos meramente "racionales." Tal vez podríamos considerar como opción: Homo semsun factorem

En agosto de 2011, un periodista australiano solicitó en una carta a Nature (ver carta aquí) repensar la taxonomía. Probablemente la falta de eco a este pedido, no sea sino una evidencia más de lo ocasional o secundario que es el atributo sapíens en esta especie.