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05 junio, 2016

Por un pelo

El día de hoy, tuvimos la cuarta elección de un gobierno nacional desde la última (y más retorcida) dictadura de nuestra historia y, sin embargo, hoy fuimos a votar sabiendo que cerca de la mitad de los peruanos habría de expresarse por el retorno de dicha dictadura.
Felizmente, la dictadura no volverá. Pero, ha sido un estrecho margen el que nos ha permitido elegir un gobierno democrático y, es posible, que aún este resultado sea alterado mediante maniobras como aquéllas que ya han manchado el carácter democrático de este proceso electoral.

Así, nos encontramos en un momento peculiar en el que parece que el país está por echar por la borda lo aprendido y construido luego de derrotar al último régimen dictatorial del país. Pero, ¿qué es lo que aprendimos y construimos desde la caída de la dictadura?
Creo que es en la respuesta a esta pregunta donde yace la explicación a la triste coyuntura en la que nos encontramos. Para decirlo de modo muy escueto: al término de la dictadura no ha habido mayor esfuerzo de construcción de una república democrática. Con las justas, ha habido una obsesión con construir una economía estable, basada en el crecimiento (arrastrado por la gran inversión) que, en el mejor de los casos, sólo es condición pero no garantía del desarrollo democrático.
De hecho, la obsesión con un modelo económico que beneficia inmensamente a una élite muy pequeña del país, de modo parcial a sectores medios que representan un quinto de la población, y que alcanza, si acaso, bajo la forma de “chorreo” a no menos de dos tercios del país que vive sobre la base de empleos precarios es parte del problema que estamos viviendo.
En efecto, el énfasis ideológico de las últimas décadas en la protección del “modelo” ha ido acompañado de un desdén mayúsculo por los problemas centrales de la construcción de una vida civilizada: instituciones, imperio de la Ley, igualdad de las personas en libertades y dignidad, limitar las profundas asimetrías de poder reforzadas por el propio modelo, capacidad para el diálogo y la reflexión crítica y autónoma, etc.
Ese desdén ha fortalecido las tendencias menos solidarias entre las personas, distintas formas de corrupción, segregación, ilegalidad, discriminación, y mediocridad que parecen haberse reunido bajo las banderas fujimoristas. Sin embargo, no hay un decantamiento tan simple de las cosas, recordemos que el "Dr. Copia pero no plagia" (un perfecto fujimorista bajo estos estándares) se subió al carro de PPK y hoy, seguramente, está atento a cómo cobrar por ello. Y éste, sin duda, no es el único caso.
Durante los 15 años que han seguido a la caída de la dictadura, el Perú ha logrado progresos menores, muy limitados, o incluso retrocedido en áreas clave de la vida civilizada como (para solo poner algunos ejemplos):

  • Tener un sistema de “aseguramiento de la ley” (policía + ministerio público + poder judicial) que bien podría ser descrito como el principal enemigo de la vida democrática en el país justamente por no ser capaz de garantizar el Imperio de la Ley y la igualdad de las personas ante el orden normativo legítimo, sino que es un actor clave en lograr todo lo contrario.
  • Tener una sociedad civil debilitada con organizaciones gremiales inexistentes y demonizadas (como muchos sindicatos), corruptas (como diversos sindicatos, colegios profesionales, asociaciones vecinales, comités de vaso de leche, etc.), cómplices o tolerantes de la acción criminal, o celebratorias de la dictadura y de la obsesión con un modelo económico que los beneficia y los distancia cada vez más del resto del país (ciertos gremios empresariales).
  • Tener un sistema educativo débil que, a pesar de las mejoras evidentes de los últimos 20 años, había alcanzado tal nivel de descomposición que todas esas mejoras parecen nimias al lado de lo que se necesita. Como dijo el Ministro Saavedra a poco de asumir el cargo “es una situación dramática que requiere cambios dramáticos” y, justamente, esos cambios dramáticos han estado ausentes de las políticas educativas y, por supuesto, del reclamo de padres, estudiantes y docentes, durante las últimas décadas sin excepción alguna.
  • Tener una prensa y medios de comunicación patéticos que propalan ignorancia e incapaces de autocriticarse por haber sido comparsa de la mafia. Una prensa que, en escasas ocasiones, da muestras de dignidad y profesionalismo pero que las más de las veces no tiene reparos en alojar y sostener a "lumbreras" como los Betos, Aldos, Phillips, o esa inefable señora que se da el gusto de abusar del sistema de protección contra la difamación cuando ostenta niveles de vituperación que compiten con los altos estándares logrados en los 90. Y no hablemos del “entretenimiento” que no hace sino reforzar la ignominia y las formas más viles de discriminación y embrutecimiento.

Entonces, ¿por qué nos debe sorprender el casi triunfo del fujimorismo, sino no hemos hecho mucho para construir una vida democrática en el país? ¿cuántas universidades estatales han empezado a actuar de acuerdo al interés público y dejado en segundo lugar el interés particular de sus docentes? ¿cuántos abogados han sido inhabilitados por sus Colegios por faltas éticas? ¿cuántos gremios empresariales han denunciado su propio pasado de colusión con la dictadura? ¿cuántos padres de familia reclaman que sus hijos aprendan a leer en la escuela? ¿cuántas periodistas se han resistido a que las obliguen a bailar grotescamente con el paladín de la impunidad? ¿cuántos seudoanalistas han dejado de ser invitados a la TV luego de manifestar abiertamente su misoginia en agravio de la periodista que lo entrevistaba?
Uno de los problemas más difíciles que tenemos delante es que el día de hoy elegimos un gobierno democrático (felizmente) compuesto por personas que han sido parte de esa obsesión con el modelo y el desdén de la civilidad. ¿Alguno de nosotros cree que el presidente electo va a, por ejemplo, reformar el MEF? ¿qué va a entender que el país necesita construir instituciones para contrarrestar a la dictadura y la corrupción? ¿Acaso no sabemos bien que su antifujmorismo reciente (inexistente hace semanas) es básicamente circunstancial ya que la política –la de verdad- es un área de preocupación que escapa a su perspectiva?
Personalmente, creo que hoy hemos ganado un poco de aire, pero no mucho más. Lo que tenemos por delante pasa, si nos interesa construir un país con una vida digna para todos, donde se respeten los derechos fundamentales de todos por igual (¿acaso el desarrollo es algo distinto de esto?), por construir en todos los frentes. Construir lo que no hemos construido en los últimos 15 años: (i) organizaciones civiles libres de corrupción; y (ii) organizaciones políticas en serio (gracias Julio Guzmán por empezar esta tarea; ojalá alguien de derecha se anime a construir un partido democrático que, para empezar, suscriba documentos que para sus adalides de hoy serían caviarísimos como, por ejemplo, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos; y ojalá algo similar ocurra en la izquierda).
No basta con una marcha (o dos) contra el Fujimorismo; necesitamos acciones sostenidas y en frentes muy diversos. Por ejemplo, podríamos exigir a la Embajada del Vaticano que recojan al cardenal que han puesto en este país o, más importante, la derogatoria (por discriminatorias) de todas las menciones existentes en el nuevo currículo nacional a la educación religiosa (en realidad protestar ante el Ministerio de Educación por esto no tiene sentido pues no ha sido su decisión, el Ministerio sólo ha aceptado contradecir su propia propuesta curricular en ciudadanía sancionando la presión de una iglesia que -incluso a pesar de las opiniones expresas de su papa en esta materia- busca que nos quedemos en el siglo XVI).
Asimismo, podríamos recordar cuán sucias han sido estas elecciones y exigir que el JNE en pleno renuncie.
... Hay mucho pan por rebanar.

Nos esperan años difíciles.

27 enero, 2016

Entre dos fujimorismos

Hace 15 años que no vivía una campaña electoral presidencial peruana estando en el Perú. Es realmente una experiencia muy dura ya que el deterioro general del país aflora por sus cuatro costados. Si hace quince años había puyas y bastante suciedad en las campañas, también había algunas ilusiones tras el fin de la dictadura, algo de vergüenza por lo acontecido y un poco de ideas y algo de verdades. Hoy el ambiente es muy repulsivo por el nivel de ignorancia, de cinismo y la violencia con la que se desarrolla lo que debería ser un debate entre personas e ideas. Además, en las excepciones (en orden alfabético: Barnechea, Guzmán, Mendoza) se aprecia falta de filo, algo de torpeza, soberbia e incluso algunos personajes indeseables agazapados tras un/a candidato/a potable.
Así, es muy difícil sobreponerse al ambiente de estercolero y tratar de pensar en los problemas mayores y, por esa razón, me animo a escribir sobre la situación coyuntural (cosa que prefiero evitar como regla general) ya que creo que implica una situación mucho más grave que lo que suele ocupar nuestra coyuntura cuasi farandulera/delincuencial.
Estamos en una situación en la que existe una importante probabilidad que en la segunda vuelta presente como opciones a dos versiones del fujimorismo:
  1. la versión genética, la que porta el apellido y algunas de las viejas figuras; una versión que dice querer distanciarse de las viejas prácticas pero que no se atreve a llamar al crimen por su nombre (los llama “errores”) y traiciona sus intenciones manifiestas con hechos cotidianos como una lista parlamentaria que “incomoda” incluso a personas que hacen parte de ella; y
  2. la versión engendrada por el fujimorismo, la que no tendrá el apellido pero que representa la cultura política acuñada en los años noventa donde la plata puede pragmáticamente primar y aplastar cualquier cosa; donde no existen reparos, moral, un mínimo de sangre en la cara; donde se celebra la ignorancia y se le llama “compromiso con la educación,” y donde se puede abofetear al país entero con la billetera y decir altaneramente que lo único que falta en su carrito de compras es la presidencia del país.
Si esto es así, debería resultar más que evidente que el siempre bien recibido crecimiento económico (del ciclo que estamos terminando) no ha ido acompañado por un progreso en niveles de civilidad; es decir, no ha representado nada que se parezca a desarrollo: lo peor de los noventa (el cinismo, la mentira, la ignorancia, la desconsideración por el otro, el pisoteo de las normas, la destrucción de las instituciones, el robo descarado, etc.) sigue muy campante y electoralmente respaldado por medio país. ¿Será que los 90 nos legaron un país cínico y lumpenizado?
Esto debe ser refregado en el rostro de todos aquellos que a lo largo de estos años han denostado de cualquiera que haya tratado de sugerir que el crecimiento (la plata) no es lo único que importa. Las últimas dos décadas han estado marcadas por el desinterés –salvo honrosas excepciones- de quienes más podrían hacer (a más poder, más responsabilidades) por la cultura, el arte, la reflexión crítica, y la construcción institucional. En particular, los sectores económicamente pudientes y la prensa destacan por su obcecación: ganar plata justifica la TV/radio/diarios basura, ganar plata justifica escaparse de responsabilidades tributarias y subvencionar a delincuentes convertidos en “políticos,” ganar plata justifica no apostar por la educación o por las instituciones, sino por los candidatos con los que se puede “negociar.” De hecho, cada vez que alguien se ha atrevido a decir que la plata no es todo, que el Estado debe actuar para garantizar derechos y promover el bienestar, que se necesita diversidad de opinión y no un dogmático y miope evangelio económico, viene el carga-montón premunido de insultos a cargo de diversos adalides del oscurantismo (empezando por algunos emblemáticos seudo-periodistas amados por las tribunas de nuestro circo romano).
Hoy muchos se rasgan las vestiduras ante la presencia de los dos fujimorismos pero ¿qué hicieron para que el país pueda producir algo mejor que esto? ¿acaso ya no están calculando con cuál de los dos pueden “negociar” como antes negociaron con los gobiernos más corruptos de la historia del país? (es importante hablar en plural, sino terminamos con la escena cínica de “al ladrón, al ladrón” que hemos presenciado en los últimos días).
En 2011, la entonces única candidatura del fujimorismo llegó a la segunda vuelta gracias a la miopía y el mezquino interés de tres candidatos (Kuczynski, Toledo y Castañeda) ya que si sólo uno de ellos hubiese depuesto su pequeño interés en aras de alguno de los otros dos, la segunda vuelta hubiese sido de otra forma. ¿Vamos a repetir el plato? 
Personalmente, pienso que Gonzáles Prada sentiría que sus palabras más vehementes quedarían cortas para describir a nuestros “doctores” del plagio y del narcoindulto, a nuestra versión caricaturesca del monje copista, a los moralistas que protegen pederastas, a la candidata de la mochila cargada por el latrocinio de su padre y algunos de sus tíos (sanguíneos y “de leche”) a los que no se atreve a condenar, etc.
¿No será tiempo de decir basta?

Aquellos que se supone no son parte de este legado nefasto ¿no deberían empezar a discutir como unir fuerzas para poder tener una opción en la segunda vuelta?
¿No deberíamos demostrar de modo activo nuestro rechazo a esta situación y exigir que quienes representan esa decadencia del país simplemente, en un rapto de dignidad, colaboren multiplicándose por cero?

Gracias Carlín por ayudarnos a sobrellevar estos tiempos:

Tomado de: http://larepublica.pe/impresa/carlincatura/732265-carlincatura-del-sabado-9-de-enero-de-2016

12 septiembre, 2015

“CADE Universitario: El cliente final de la educación superior es el empleador”

El 9 de septiembre, el diario Gestión publicó una noticia tomando las declaraciones de una integrante del Comité Organizador del CADE Universitario de este año (ver noticia aquí). Esas declaraciones se resumen (no se si con propiedad) en la frase que encabeza dicha nota y que tomo como título de este post.
¿Estamos realmente tan cegados por la ideología que las cosas se pueden plantear sin ningún desparpajo de una forma tan ridícula como ésta?
Empecemos simplemente poniéndonos desde la lógica del mercado: ¿no es el cliente aquél que paga por el servicio que se le brinda? Desde ese punto de vista el “cliente” de la educación superior es el estudiante quien paga de su bolsillo, mediante un crédito, o mediante un subsidio (familiar o de otro tipo). ¿Por qué el cliente tendría que ser uno que no paga por el servicio? ¿Acaso el cliente de un restaurant es, por ejemplo, el empleador del comensal? A fin de cuentas el empleador se va a ver beneficiado de que el comensal recupere sus fuerzas y se distraiga en el restaurant, ¿es ésa la "lógica" del argumento?
La mayor parte de la educación superior es sufragada, en el mundo, con tributos. Los tributos no pertenecen de modo directo a quien los paga, sino que son recursos transferidos por la comunidad al Estado para que éste (al menos en una sociedad moderna) opere y asegure finalidades públicas. ¿Por qué la comunidad habría de sufragar un servicio que tiene como “cliente” a otro? o, dicho de otro modo, ¿por que el interés de un particular habría de determinar el propósito de aquello que sufragamos todos y que supone tener una finalidad pública?
Lo anterior sólo muestra lo ridícula de la frase; sin embargo, una discusión más seria del tema mostraría que lo que está detrás de esta afirmación no es sólo una frase boba, sino una opción y, más allá de ello, una ideología (en el sentido más Marxiano de la palabra): el empleo futuro es visto como el aspecto definitorio central de la educación. ¿Es esto así?
Evidentemente, ésta es una perspectiva sobre la educación, legítima, pero no la única. Desde los años 60, una parte de la ciencia económica ha postulado que la educación es inversión en generación de capital humano; es decir, una inversión que tiene como propósito incrementar la capacidad productiva de las personas. Esto explicaría que las personas y sociedades inviertan en educación ya que se trataría de una inversión rentable pues, en el largo plazo, permite que las personas seamos más productivas lo que permite incrementar los ingresos futuros de las personas, así como contribuir de mayor manera al crecimiento económico de los países.
Esta perspectiva suena razonable y hay personas que adoptan esta perspectiva y otros que no lo hacemos. Hasta ahí no hay mayor problema. Las cosas se complican cuando se transforma una perspectiva que legítimamente se preocupa por una dimensión del fenómeno educativo en un canon para determinar supuestos principios o verdades últimas como el despropósito reproducido en el título.
Así como existe esa perspectiva sobre la educación, existen otras. Por ejemplo, el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (instrumento legal que ha sido suscrito por casi la totalidad de los Estados), señala en su segundo párrafo que:
La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz. (Tomado de: http://www.un.org/es/documents/udhr/)
Como queda claro, no hay la más mínima mención de la preocupación económica (entre otras razones porque la teoría del capital humano se formuló varios años después), sino más bien una visión humanista de la educación que, además, se engarza con los desafíos más importantes que el mundo identificaba en ese momento (y que probablemente hoy son aún más urgentes). Evidentemente, algunas personas todavía recordamos estas palabras y debemos insistir en ellas para que la ideología actualmente en boga no termine ahogando cualquier resquicio de pensamiento crítico.
Pero esto no es sólo un tema de diversas perspectivas. Déjenme ilustrar este punto de la siguiente manera. Imaginemos por un momento que la educación no logra mejorar la productividad de las personas (si bien es algo que difícilmente suceda, no es algo inverosímil) ¿debemos por tanto dejar de invertir en educación? 
Esta ilustración profundamente retórica sólo sirve para develar lo fundamental: debemos invertir en una educación que, por ejemplo, promueva la tolerancia y la amistad entre las naciones así eso no se traduzca en ningún beneficio económico!! Es decir, la educación es un fin en sí misma dado su entronque con lo que valoramos de la humanidad y no es un elemento subsidiario a la lógica económica (u otra). 
Espero que al plantear las cosas de esta manera aporte un poquito a que podamos algún día abrir los diarios y leer menos tonterías o, al menos, a leerlas acompañadas por un comentario indignado.
Yo no tengo problemas con que haya gente que en su ensimismamiento ideológico crea que todo debe ser puesto al servicio de la gran empresa, a fin de cuentas las personas son libres de consumir las sustancias que prefieran, pero lo que si me resulta inadmisible (por la ceguera ideológica que denota) es que tras veinte años de hacer exactamente eso, no se perciba que los innegables beneficios económicos que se han verificado en el país, no son suficientes para construir una vida civilizada: uno puede usar una tarjeta de crédito para comprarse zapatillas de marca, cargar combustible en un auto nuevo, etc; pero tener una sociedad en la que hay respeto por el otro, donde se garantiza la dignidad de cada uno, donde las instituciones operan, donde se vive en civilización … no tiene precio.

26 febrero, 2015

ECE 2014: Eppur si muove

Se acaban de publicar los resultados de la edición 2014 de la Evaluación Censal de Estudiantes del Perú. Esta evaluación mide competencia lectora y habilidad matemática al final del segundo grado de primaria en todas las escuelas del país (con algunas excepciones muy puntuales) y, se conduce anualmente desde 2007.
Los resultados son muy auspiciosos pues se aprecia una importante mejora en el desempeño medio de nuestros estudiantes. Así, por ejemplo, si en 2007 sólo entre 14-15 por ciento de los estudiantes lograba un desempeño satisfactorio en lectura, ese porcentaje había subido a entre 29-32 por ciento para 2013, y en 2014 experimentó un salto que ubica ese valor entre 39-43 por ciento. En el caso de matemáticas, los valores para los mismos años son de 7-8; 15-17; y 24-27 por ciento respectivamente.
(Una nota marginal, nótese que pongo los porcentajes como rango y no como valores puntuales, pues los valores robustos se reportan a partir de una muestra de control y, por lo mismo hay un margen de error; los intervalos que he usado corresponden a un nivel de confianza estadística del 95 por ciento)
Lo primero que me parece importante decir es que son buenas noticias (aunque aún insuficientes) ya que, más allá de los diferentes temas que podemos y debemos discutir, este progreso es consistente con lo que muestran otras fuentes de datos (como el estudio latinoamericano publicado en diciembre pasado, o el estudio de la OECD publicado en diciembre de 2013); todos los estudios apuntan en la misma dirección: los niveles de aprendizaje de los estudiantes peruanos aunque bajos, vienen mejorando de modo sistemático desde hace, por lo menos 14 años (ya que tenemos datos comparables de la prueba de la OECD desde 2001, por lo mismo, no sabemos si la mejoría empezó incluso antes).
Me parece de capital importancia no actuar con mezquindad frente a este hecho. El discurso tremendista que se ha instalado en los últimos años acerca de la educación peruana y graficado en la frase “tenemos la peor educación del mundo” no sólo se basa en la ignorancia, sino también tiene efectos nefastos sobre el debate educativo y sobre las propias realidades educativas. ¿Alguien cree que podremos, por ejemplo, reclutar a los estudiantes más talentosos que egresan de la secundaria como docentes si, al mismo tiempo, les decimos que lo que les espera es trabajar en el peor sistema educativo del mundo? 
Lo segundo que es necesario mencionar tiene que ver con las disparidades internas que la prueba muestra. Como hemos anotado en un texto que preparamos con Juan León y Santiago Cueto con datos de 2007 a 2012 (disponible aquí), las brechas tienden a mantenerse excepto en el caso de las diferencias entre los resultados observados en escuelas estatales y no estatales (donde el éxodo de estudiantes hacia el sector privado es, potencialmente la causa principal de que el promedio de ese segmento disminuya –lo que, por cierto, plantea el problema de hasta dónde los datos son comparables en el tiempo cuando hay variaciones tan importantes en la conformación de las subpoblaciones). En particular las brechas urbano/rural y polidocente completo/multigrado se mantienen muy marcadas; ahora bien, un cambio en este aspecto supondría que la mejora se de a un ritmo mayor en las zonas hoy menos favorecidas.
Lo tercero que me parece central destacar tiene que ver con el problema de atribuciones. Seguramente (lo digo desde la comodidad de no estar en Lima sufriendo este espectáculo) en estos momentos hay más de uno que desea atribuirse la mejora y lo cierto es que es imposible determinar atribuciones con precisión pues el propio diseño de la evaluación no lo permite. Es posible que esta mejora sea el resultado de las mejoras generales en las condiciones de vida de los peruanos (lo más probable es que esto explique una fracción muy importante de los resultados como lo hemos mostrado para el caso de PISA); de políticas educativas nacionales y regionales enfocadas desde hace 20 años en mejorar aprendizajes; de mejoras en las prácticas docentes como resultado de su mejor situación económica (desde 1990 su salario real ha crecido más de cuatro veces y la mayoría de profesores que tenemos han ingresado a trabajar luego de 1990) y de políticas de apoyo a su labor; etc. Asimismo, es posible que parte de los resultados en la prueba se explique por efectos perversos de la misma como, por ejemplo, la cada vez más extendida práctica (que en algunos casos es política educativa regional como en Amazonas en 2013 y en Moquegua desde hace varios años) de preparar a los estudiantes para la prueba. Cualquiera que haya ido a una academia pre-universitaria o se haya preparado para algún examen en particular sabe que la preparación funciona como forma de mejorar el manejo de la prueba misma; así sirve para mejorar los puntajes pero no necesariamente, ni en la misma proporción, para mejorar los aprendizajes.
Este último punto es uno que me preocupa particularmente pues termina (dependiendo de cuán extendida esté esta práctica) desvirtuando la capacidad de la Evaluación Censal para decir algo sobre los aprendizajes y, por supuesto ya invalidó cualquier posibilidad de hacer rankings (que ya eran absurdos por otras razones). El carácter censal de la prueba hace que sus resultados tengan un valor simbólico importante, y si uno asocia a esos resultados retribuciones materiales (como se ha empezado a hacer desde finales del año pasado para lo cual ya se hace un ranking aunque separado por estratos), deriva de modo sistemático en mermar la capacidad de la Evaluación Censal para decir algo relevante. Ya era poco lo que decía antes, ahora, estas prácticas la limitan aún más. Darle demasiada importancia al termómetro deriva en que éste se termine rompiendo.
Es hora de pensar con detenimiento en un sistema nacional de evaluaciones de aprendizajes en serio. Para esto contamos con todas las capacidades profesionales y de visión estratégica (la UMC es, probablemente, una de las áreas más competentes y profesionales de todo el Estado peruano). Un Instituto independiente, cuya autonomía no pueda ser arrasada con decisiones torpes (como la decisión presidencial de crear la ECE que se tradujo en desechar todo el plan de evaluaciones que la UMC tenía entonces) nos puede permitir repensar varias cosas como, por ejemplo, dejar de invertir sumas importantes de recursos en una evaluación tan inútil (desde el punto de vista educativo) como nefasta (desde el punto de vista político) como PISA. Las evaluaciones muestrales de 2013 (cuyos resultados serán publicados muy pronto) cubrieron más áreas (incluso ciudadanía), con mayor profundidad y en más grados. Esta es una muestra de la capacidad con la que contamos para hacer cosas de las que realmente podamos sacar lecciones, y no enfocarnos en cosas que operen como el garrote o la zanahoria que “necesitan” ciertos modelos simplistas de interpretación de los asuntos humanos. 
Hoy que hay mejoras indiscutibles, es un buen momento para repensar el sistema de evaluaciones de modo profesional y no en función de supuestas necesidades de gestión que “necesitan” que cada escuela tenga un termómetro que debe ser verificado por la autoridad central (esa forma de gestión, lo sabemos, es epistemológicamente absurda y políticamente ilusa, así como es capaz de crear más problemas de los que resuelve). En este contexto de mejora, los cambios que se introduzcan en el sistema de evaluaciones no podrían ser tildados de “intentos por ocultar la realidad” como dice la leyenda creada alrededor de la no publicación de los datos de Perú en el primer estudio latinoamericano de 1997 (si se quería ocultar la realidad, entonces, ¿por qué se pidió participar en PISA en el mismo momento? Hoy nadie menciona ese estudio latinoamericano pues hay plena conciencia sobre sus profundas debilidades).

Termino esta nota volviendo al inicio: el sistema educativo está mejorando, aún falta mucho, pero está mejorando. Sin negar los inmensos desafíos que tenemos, generar consenso sobre esta idea es vital para levantar el estigma creado a lo largo de los últimos años y que, simplemente, hace daño. Los niños aprenden cada vez un poquito más, ¿no es eso una buena noticia?

27 enero, 2015

El hombre que amaba a los perros

Hace unos días terminé de leer (aunque aún no termino de digerir y no creo que pueda hacerlo por mucho tiempo) "El hombre que amaba a los perros", de Padura.

Más allá de los méritos literarios que no me siento capaz de juzgar, es una historia que me tiene emocional e intelectualmente atrapado: los mejores sueños de occidente tornados en las peores pesadillas; vidas entregadas a (y envilecidas o simplemente destruidas por) causas completamente opuestas a lo que se supone que pretendían ser; pueblos enteros sojuzgados de una manera miserable; la demencia encaramada en el poder y servida por personajes sombríos (y, a veces, por algunos brillantes); y, en medio de todo esto, héroes y villanos capaces de amar a los maravillosos compañeros que tenemos desde hace 30 mil años.

1920
Por otro lado, para aquéllos que en mucho fuimos forjados el siglo pasado, hay muchas moralejas que pelean con nosotros para ser extraídas, que se resisten a mostrarse de modo evidente ante quienes compartimos muchos de esos sueños y que, de alguna forma, nos atrevimos a descubrir la pesadilla no para buscar un escape (como el renegado que simplemente cambia de dogma o de capilla pero es incapaz de vivir sin uno y otra), sino para lidiar con ella pues sueños y pesadillas no son mundos distantes, del mismo modo que ángeles y demonios coexisten dentro de cada uno de nosotros.

Me gustaría decir con el mejor de los personajes históricos presentado en la novela que "mi fé en el futuro (...) de la humanidad es hoy más firme aunque no menos ardiente que en mi juventud" pero no compro que la historia tenga un telos, así es demasiado fácil y resulta falaz (esa es una de las razones por las que perdiste la batalla y tu propia y brillante vida mi querido y admirado LT -confiaste demasiado en algo que no existe). Sin embargo, que cada uno construya su propio telos es infinitamente más desafiante y gratificante (incluso cuando uno pierda las batallas o hasta la propia guerra) que una vida en la que todos los rumbos parecieran terminar en la caja de una tienda en un Centro Comercial.

22 diciembre, 2014

¿Derechos o costos laborales? ¿Cómo plantear el problema?

La forma en la que uno se plantea las preguntas es un condicionante fundamental que define las respuestas que uno puede construir. A propósito del debate (pero no centrado en él) acerca de la “Ley que promueve el acceso de jóvenes al mercado laboral y la protección social” quisiera compartir algunas consideraciones generales.
En primer lugar, las posturas a favor y en contra de dicha norma suelen organizarse alrededor de dos ejes: los que están a favor de la norma consideran que al eliminar, en el caso de los jóvenes 18 y 24 años que se incorporen al mercado laboral (formal) por primera vez, algunos elementos que hacen parte de los contratos regulares (seguro de vida, Compensación por Tiempo de Servicios, gratificaciones de julio y diciembre, 15 días de vacaciones, no acceso al total del reparto de utilidades) se abarata la contratación formal y, consiguientemente, se puede generar mayor empleo formal. Por su parte, los que están en contra de la norma subrayan que se trata de una remoción ilegítima (y, según ciertas opiniones ilegal pues introduce un elemento de discriminación) de derechos laborales.
Si uno de los lados centra su argumento en los costos y el otro en los derechos es prácticamente imposible hallar algún punto de convergencia, incluso para simplemente hacer posible el diálogo. Me parece que hay dos cosas claves que faltan en esta discusión:
  1. Entender que los derechos siempre tienen un costo y que, por lo tanto, el argumento a favor de abaratar costos puede sonar sumamente sensato desde un punto de vista económico, pero no es necesariamente deseable. Por ejemplo, las elecciones nacionales cuestan y uno podría pensar que podríamos ahorrar como país, si es que se suprimieran las elecciones de autoridades políticas (y en un país como el Perú, muchos podrían estar tentados a aceptar una idea como ésta). El problema con esta idea es que elimina el derecho de las personas a elegir sus autoridades y, por lo tanto, no es una propuesta legítima en una sociedad democrática. Del mismo modo, si se trata de abaratar costos laborales uno podría pensar en otras formas de contratación como restaurar la servidumbre, el enganche, la encomienda o la esclavitud, o extender la jornada de trabajo más allá del límite legal de las ocho horas (…. pensándolo bien, esto ya se hizo!!) que, seguramente serían más baratos que un contrato de personas libres con derechos, pero eso también es ilegítimo en una sociedad que aspira a ser civilizada. En un mundo civilizado o, como les gusta decir a algunos en “un país de primer mundo” no hay ni esclavos, ni siervos, sino personas con derechos y eso tiene un costo que como sociedad debemos asumir. ¿Cuál es ese conjunto de derechos? Los que resulten de los acuerdos sociales (traducidos en leyes o compromisos internacionales) a los que la interacción entre las personas arribe. Desde este punto de vista, la supresión fáctica de la jornada de ocho horas es un problema como lo es cualquier paso hacia la remoción de derechos.
  2. El segundo elemento que falta en esta discusión es entender porque razón o razones a muchos de nuestros empresarios (y también economistas) les interesa abaratar el costo de la fuerza de trabajo. Hay varias razones que explican esto: en algunos casos un espíritu rentista que prefiere transferir el costo de la ineficiencia de la gestión propia al Estado (mediante el acceso mercantilista a ventajas específicas) o a particulares (como a los propios trabajadores mediante la eliminación de derechos, o mediante la conservación, por ejemplo, de un sistema de transporte público indigno pero barato –un sistema de transporte público decente tendría un costo que presionaría hacia la elevación de los salarios) en vez de pensar en elevar la productividad. La reducción de la jornada de trabajo a finales del siglo XIX no fue algo fácil de conseguir, muchos empresarios (y economistas) de entonces, resistieron la idea con argumentos que no son muy distintos de los que se esgrimen hoy. Ahora bien, en otros casos no se trata de esto sino más bien de una respuesta ante otro fenómeno social complejo: hay que competir económicamente con un sector informal que absorbe al 75 por ciento de la Población Activa (una proporción aún mayor en el caso de los jóvenes) y, no debe olvidarse, con China (donde los derechos -no sólo laborales- son terra incognita).
Así, me parece que esta discusión debería derivar en otras cosas sustantivas: en primer lugar, debemos preguntarnos:
  • ¿por qué razón o razones tres de cada cuatro peruanos tiene un empleo precario?;
  • ¿por qué esa situación de precariedad se ha mantenido inalterada desde hace más de tres décadas y el boom económico de los últimos años parece no afectarlo?;
  • ¿por qué el afán de lucro lleva a perder de vista la importancia de promover y asegurar una vida digna en todas partes (incluso en China)?

Es importante también entender que existe una bajísima productividad que es resultado no sólo de un mal sistema educativo, sino también de prácticas empresariales bastante precarias.
Los derechos laborales son una legítima aspiración vinculada a contar con una vida civilizada. De hecho, ésa es una de las razones por la que en un grupo importante de países “desarrollados” las leyes laborales son menos flexibles que en un país como Perú. Ahora bien, en el Perú los derechos laborales están profundamente restringidos a una parte muy pequeña de la población que trabaja (recordemos por ejemplo, que el Estado ha inventado un mecanismo para escaparse de las normas laborales, los llamados CAS, que afecta a una gran parte de la población empleada). Por esta razón algunos los ven como “privilegios” de una minoría. Así, estas personas se sienten impelidas a buscar una igualación de las condiciones laborales “hacia abajo” (quitando derechos) cuando lo que es preciso pensar en cómo logramos una igualación “hacia arriba” terminando con la precariedad del empleo que prevalece en el país.
Un mercado laboral con 75 por ciento de empleo precario (y una proporción mayor en el caso de los jóvenes) es una realidad que presiona “hacia abajo” ya que la forma más fácil (y torpe) de resolver la informalidad del empleo consiste en equiparar las condiciones del empleo formal con las del empleo informal (es decir, eliminando derechos), pero eso no resuelve el problema profundo de precariedad al que hay que atender si queremos empleos dignos en una sociedad que asegure la dignidad para todos. A fin de cuentas, una buena forma de medir el grado de desarrollo de una sociedad es la prevalencia de empleos precarios: una sociedad desarrollada es una en la que el empleo es digno, decente.
Cuando terminaba de escribir estos comentarios, un buen amigo llamaba mi atención sobre una caricatura de Carlos Tovar que tan claramente muestra la torpeza (aunque suene totalmente sensata) de equiparar condiciones cediendo a la precariedad.

Un comentario del estribo: ¿por qué razón una ley que recorta beneficios/derechos/costos laborales no elimina la contribución al fondo privado de pensiones? ¿será que no se considera necesario tocar ese aproximadamente 13 por ciento del costo de la planilla? Curioso ¿no?

17 febrero, 2014

Ser empresario ... es algo relativo

Hace cerca de 30 años, el Instituto de Estudios Peruanos publicó un libro de Jorge Parodi titulado: Ser obrero es algo relativo. Dicho trabajo, estaba orientado a cuestionar algunos supuestos simplistas que una parte de las ciencias sociales peruanas de la época asumía acerca del desarrollo de las identidades de clase de los obreros. En efecto, el trabajo de Parodi mostró que las identidades son procesos complejos y en permanente cambio, y donde coexisten diversas miradas a la posición que uno circunstancialmente ocupa en la estructura laboral o en la división del trabajo: para muchos obreros, la condición asalariada era vista como una opción provisoria en tanto y en cuanto no pudiesen acceder a otras ocupaciones, por lo que "ser obrero" se convertía en algo relativo.

Durante los meses pasados, ésta ha sido una imagen que ha venido a mi memoria con bastante frecuencia suscitada por la presencia de un discurso muy fuerte acerca del emprendimiento. "Perú: país de emprendedores" es una frase que se escucha regularmente en la radio, y diversos medios celebran el supuesto "ADN emprendedor" de los peruanos (véase, por ejemplo, este editorial de El Comercio de octubre de 2012) de la misma manera (y, en ocasiones, mediante las mismas personas) como la izquierda peruana celebraba el clasismo obrero de fines de los 70 e inicios de los 80, o algunos intelectuales, la supuesta vocación profundamente democrática de los contingentes populares que "desbordaban" al Estado a mediados de los 80 y "conquistaban un nuevo mundo".

Hay dos razones por las que tiendo a conectar el discurso actual sobre el emprendimiento con esos casos pasados: la primera razón es que suelo sospechar de los relatos que presentan a la historia como una, para usar la expresión de Togliatti, "ininterrumpida procesión triunfal" guiada por un telos inmanente que, oh casualidad!, justamente coincide con las preferencias ideológicas de quienes así "describen" la realidad (en realidad tienden a ser representaciones alegóricas basadas en una selección no aleatoria de rasgos que calzan con lo que se quiere ver); la segunda razón es más compleja y se vincula a que las personas no solemos ser monolíticamente nada, sino más bien, somos un tejido complejo de diversas expectativas, reacciones y relatos sobre uno mismo que se reconfiguran constantemente dependiendo de nuestra propia interacción con el contexto.

Cuando uno observa la estadística más elemental sobre los emprendimientos, parte de las cuales se usa para justificar nuestro "ADN emprendedor", lo que uno encuentra es que en un gran número de casos se trata de iniciativas económicas pobres, de bajísimos niveles de productividad, en gran medida subsidiadas por la precariedad del empleo y que, por lo mismo, no tienen posibilidades de sostenerse en el tiempo así se remuevan las trabas burocráticas existentes (a menos, claro está, que la prohibición de la servidumbre y la esclavitud sean consideradas "trabas burocráticas" como parece ser el caso de los fondos de pensiones, el seguro de salud, las vacaciones pagadas, y la jornada de ocho horas).

La gran mayoría de las "nuevas empresas" dejan de operar en menos de un año, y al cabo del segundo nadie discutiría la vigencia del esquema usual (1800 empresas que explican una abrumadora mayoría del valor agregado del país) a no ser porque una nueva oleada de emprendimientos tiñe la escena nacional y hace olvidar lo que debería ser bastante obvio.

¿En qué medida, dada la precariedad del empleo en el Perú, estos emprendimientos no califican más bien como "recurseos" propios de un entorno de precariedad? Si ése fuera el caso, un crecimiento con empleo decente haría decrecer iniciativas muchas veces desesperadas y mostraría que ser empresario, es hoy para muchos emprendedores forzados, algo muy relativo.

El Global Entrepreneurship Monitor: Perú 212 (preparado por Serida, Nakamatsu, Borda y Morales y que conocí gracias a Ronald Granthon) muestra suficiente información como para evaluar seriamente algunas imágenes comunes que si bien sirven ciertos discursos, no necesariamente ayudan a entender dónde estamos en este terreno.

24 mayo, 2013

El éxodo

Hace pocos días se celebró en Lima una nueva edición del CADE Educativo. El tema central que ocupó las reflexiones se vincula al crecimiento de la educación ofrecida por agentes privados y en qué medida ésta es una opción válida a impulsar en el país.

Al respecto quisiera hacer tres comentarios: (i) la oposición entre educación pública y educación privada en el Perú es falaz, ya que la primera (salvo excepciones como Fe y Alegría) no existe pues la educación estatal está, simplemente, privatizada (sirve algún interés particular y no el interés público); (ii) lo peor que nos puede pasar en este debate es generalizar y asumir que bajo la etiqueta "educación privada" se está agrupando a un conjunto homogéneo de realidades cuando, en realidad, éstas son profundamente diversas; y (iii) la migración masiva hacia la educación privada se ha venido procesando de manera muy fuerte en los últimos años y, para entender esto, es necesario partir de un principio epistemológico básico de las ciencias sociales: la gente no es estúpida o, dicho de un modo formal, la gente actúa en base a ideas, creencias, expectativas, experiencias, etc. que tornan significativas y razonables sus decisiones.

Un primer punto a tener presente tiene que ver con la magnitud del éxodo (citando datos de los Censos Escolares):

  • En 1993, la matrícula en educación primaria no estatal representaba el 12.3% del total. En 1999 sólo había subido a 12.6%; pero para 2012 su participación relativa se había prácticamente duplicado alcanzado 23.0%
  • Esta tendencia sigue  al aumento. En 2012, el 27.3% de los niños que ingresaron a la primaria lo hicieron en una escuela no estatal. En la zona urbana de la provincia de Lima, esta proporción llegó, en 2012, a 56.5%

Un segundo punto a tener en cuenta refiere a las diferencias entre educación estatal y educación privada o, dicho de otra forma, las cosas que hacen que la gente migre de la primera hacia la segunda tan pronto tiene la oportunidad de hacerlo:

  • Rendimientos. En promedio, los estudiantes de escuelas no estatales tienen rendimientos mayores que los matriculados en escuelas estatales. Esto no quiere decir que esto sea así en TODAS las escuelas, ni que esas diferencias en rendimiento se expliquen por lo que se hace en las mismas. Sin embargo, esto crea una imagen que es claramente percibida por la gente.
Pero, las escuelas no son sólo rendimientos académicos. Hay muchas otras cosas que nos importan cuando decidimos a donde enviar a nuestros hijos. Algunas de éstas son:
  • La seguridad
  • El status y la diferenciación social
  • Las expectativas que se tiene respecto de la escuela
  • La infraestructura
  • La enseñanza (bien o mal hecha) de idiomas, cómputo, etc.
En estos ámbitos, la escuela no estatal "gana" (en promedio) a la estatal.

Como en cualquier proceso migratorio, es preciso entender tanto los factores de "atracción" como los de "expulsión." Los anteriormente señalados pueden ser vistos exactamente desde las dos perspectivas ya que son ventajas de la educación privada vis-à-vis la educación estatal. Para decirlo más claramente: la gente se va a la educación privada tan pronto su bolsillo se lo permite porque ha presenciado 40 años de descalabro de la educación estatal. Esto se ilustra de un modo muy simple: en los 70 la gente en Lima pugnaba por vacantes en los hoy llamados colegios emblemáticos que ofrecían una educación decente. La gente estaba dispuesta a que sus hijos pasen mucho tiempo en el transporte público para acceder a esos colegios y, así, se tenía 60 alumnos por clase. Hoy, el número de alumnos por clase es mucho menor en esos colegios y nadie está haciendo desesperadas colas por una vacante ... ¿es algo que debería sorprendernos? en lo más mínimo.

Frente a esta situación hay dos tipos de acciones necesarias: (i) convertir la educación estatal en educación pública, expropiándola del interés privado que hoy la controla y haciéndola una buena educación; ésta es la idea que da sentido a hablar de un fortalecimiento de la educación pública (que en nuestro caso pasa por su resurrección) y seguramente el día que esto suceda la gente solita, sin que medie la acción de nadie, volverá (si así lo desea) a las aulas estatales; (ii) garantizar que tanto las escuelas estatales como las privadas aseguren los derechos de las personas; es decir, es clave que el Estado asuma su rol garante fortaleciendo su carácter supervisor (de TODA la educación independientemente de quién la gestione) y dejando de lado su vocación de control, de gestión inoperante y de prescripción de lo que la gente tendría que hacer.

10 mayo, 2013

La tres veces coronada ciudad de los rompemuelles

Ahora que estoy conduciendo nuevamente por Lima me encuentro con muchas cosas que cabría comentar. Una que me ha llamado la atención sobremanera es la gran cantidad de rompemuelles que existen por todas partes.

Si uno mira con atención, un rompemuelles en un dispositivo físico que conmina a los conductores a disminuir la velocidad bajo el riesgo de maltratar su auto (de ahí el nombre "rompemuelles" para algo que en otras partes se conoce como giba). Ahora bien, ¿éxisten otros mecanismos para lograr el mismo efecto? Es decir, ¿hay formas no físicas, no impositivas, no amenazantes, de lograr el mismo efecto? Bueno, en muchas partes del mundo se usa un dispositivo distinto de modo aislado o en conjunción con otros elementos como se puede apreciar en esta imagen.


Para los que no hayan notado, la camioneta roja está detenida (no sólo ha disminuido la velocidad) siguiendo la indicación que aparece en la figura octogonal roja a su derecha. No sólo eso, se ha detenido detrás de una línea blanca que está pintada en la pista. Y todo esto sin que medie un bocinazo, un rompemuelles, un grito o alguno de los floridos recursos que pueblan nuestras calles. ¡Sorprendente!

Por supuesto que nosotros también tenemos las mismas señales en Lima y, es más, las usamos todas a la vez: signo de deternerse, línea en el piso, y rompemuelles, todo junto para ser más efectivos....

Evidentemente, la señal de pare funciona en un contexto en el que se verifican determinados supuestos:

  1. La gente la ve, le presta atención.
  2. La gente entiende su significado, no sólo la contempla.
  3. La gente entiende que no es un cartel, sino una norma destinada a que vivamos mejor, de un modo más civilizado,
  4. La gente se acostumbra a respetar, no concibe que deba actuar de otra forma,
  5. La gente sabe que si no obedece corre el riesgo de generar un accidente pues el que viene del otro lado confía en que todos actuemos civilizadamente.
  6. La gente sabe que si no obedece hay una posible sanción social que la misma gente que se ve amenazada por el comportamiento civilizado puede emitir.
  7. La gente sabe que si no obedece hay un riesgo: la autoridad puede averiguarlo y aplicar una sanción haciendo que el supuesto beneficio individual e inmediato de no hacer caso a la norma no sólo desaparezca sino que se torne negativo porque no sólo no gané tres segundos, ahora pierdo más tiempo y dinero.

Increíble todo lo que se oculta detrás de un simple hecho de la vida diaria. Si en Lima necesitamos rompemuelles es justamente por que estos elementos no funcionan y, lo más importante, todos estos (excepto el último) son independientes de un gobierno o autoridad política, y dependientes de nosotros mismos de modo directo (el último es dependiente de nosotros de modo mediado pues, a fin de cuentas, nosotros elegimos a las autoridades y les permitimos no hacer su trabajo).

¿Se acuerdan de la publicidad "un lunes cualquiera"? (verla aquí) Si bien era un poco inocente y condenada por ser una publicidad para una empresa que es sinónimo de pésimo servicio, dicho spot muestra un elemento clave de responsabilidad social que usualmente ignoramos: el Perú (y todas sus virtudes y defectos) no es el gobierno, sino nosotros mismos y está en nuestras manos mejorar.

Volviendo a los rompemuelles, éstos son un brutal testimonio de nuestra incivilidad y permanecerán mientras no cambiemos nosotros. Eso supone entender el valor de las normas como una forma de respetarnos a nosotros mismos y a nuestros semejantes (lo que supone asumir que TODOS son nuestros semejantes y no sólo los miembros de mi panaka).

El fallecido Juez Supremo americano Oliver Wendell Holmes alguna vez dijo que los impuestos son el precio que pagamos por tener una sociedad civilizada. Pero no sólo se trata de pagar el precio, sino de vivirla. Los impuestos son, en realidad, el precio que tenemos que pagar para proteger y asegurar la vida civilizada, pero ésta no se compra, sólo se practica.

Termino con una reflexión más sobre la incivilidad de los rompemuelles: hace unos días circulaba por la ciudad y veía con desesperación a una ambulancia tratar de avanzar en medio de un tráfico en el que casi nadie quiere ceder un centímetro de su "posición." Finalmente, logró pasar y tomar una ruta más despejada de autos, pero que que estaba plagada de rompemuelles. Me pregunto si aquéllos que deciden construir estos testimonios de barbarie alguna vez se han preguntado que pasaría si ellos mismos o sus famliares viajasen en ambulancias que tienen que sortear estos obstáculos. ¿Qué pasa cada vez que un vehículo de bomberos es frenado en su carrera por salvar vidas por la estupidez, la incapacidad y la incivilidad encarnadas en un rompemuelles?

03 mayo, 2013

Los resultados de la ECE 2012 y nuestra idea de los tiempos


Me he tomado varias semanas para elaborar un comentario sobre los resultados de le ECE 2012 presentados al país por la Ministra de Educación a inicios de abril. Esto no es un accidente; he estado pensando muchas cosas a propósito de dicha presentación y revisando los resultados con cautela como para dar una opinión que valga la pena desde el punto de vista de contribuir al necesario debate sobre el estado de nuestra educación.

A fin de cuentas, creo que todos tenemos interés en que las cosas mejoren. Por lo mismo, todos tenemos interés en que las políticas públicas sean exitosas y no fracasen y todos tenemos interés en leer y compartir buenas noticias sobre nosotros mismos. Habría que estar muy desorientado para desear que las políticas públicas fracasen.

Una forma de contribuir es, justamente, mediante la formulación de opiniones independientes y técnicamente sólidas. Trabajando en el mundo académico, ésa es justamente la tarea que creo tener y a la que trato de contribuir.

Desde este punto de vista, me interesa destacar algunas cosas respecto de los resultados que tienen que ver con: (i) no pretender que los datos dicen lo que uno quiere, los datos no hablan, son evidencia para construir discursos pero somos nosotros los responsables de esos discursos y de cómo usamos la evidencia; (ii) justamente el uso de la evidencia es algo que me preocupa y ése es el eje alrededor del que gira este comentario.

En primer lugar, ¿cómo leer los datos? Básicamente, hay que leerlos atendiendo a lo que son: resultados muestrales de una prueba en comprensión lectora y matemáticas en segundo grado. Nada más y nada menos. Lo primero (resultados muestrales) supone que la lectura debe tener en cuenta los errores muestrales; obviarlos es simplemente inducir a error. Lo segundo (que son resultados de pruebas en dos materias en un único grado) supone no hacer generalizaciones ni crear fantasmas asumiendo cosas que no tienen sentido. Déjenme explicar estos dos puntos:

Resultados muestrales:
Se dice que un 30.9% de los estudiantes ha logrado, en 2012, un desempeño suficiente en comprensión lectora y un 12,8% en matemáticas. Esto es inexacto ya que ambos números contienen un error que hay que considerar para un tratamiento adecuado de los datos. Estos errores son: .39 en el primer caso y .32 en el segundo. ¿Cómo se usan esos errores? El resultado en comprensión es igual al valor obtenido ± un margen de error que es igual al error estándar mencionado multiplicado por un nivel de certeza buscado. Así, si el nivel de certeza buscado es 95% el resultado será 30.9 ± (1.96 * .39), es decir, el intervalo que va de 30.1 a 31.7. Esto significa que si hubiésemos aplicado la prueba a todas las muestras posibles de mismo tamaño de la muestra que se tomó, en el 95% de los casos obtendríamos valores entre 30.1 y 31.7% en comprensión lectora y entre 12.1 y 13.4% en matemáticas. Parece trivial, pero no lo es y déjenme explicarlo.

Si uno mira los resultados de 2011, encontrará que éstos fueron: entre 28.7 y 30.8% para comprensión lectora y entre 12.4 y 14.1% para matemáticas. Es decir, los intervalos de 2011 y 2012 se superponen. Esta es una situación de, siguiendo la jerga creada por las encuestadoras, “empate técnico.” Con propiedad estadística esto debe entenderse como: no hay evidencia suficiente para afirmar que los resultados de 2012 sean diferentes de los de 2011; por lo que hay que asumir que no lo son. Así, no hay un progreso de 1.1 puntos en comprensión lectora, o una caída de 0.4 puntos en matemáticas como lo sugeriría comparar los valores estimados sin considerar el margen de error. Esto es justamente lo que señala, con absoluto profesionalismo, la presentación de resultados hecha por la Unidad a cargo de las pruebas en el Ministerio.

Por otro lado, la ECE 2012 no es un evento aislado y no se trata únicamente de observar qué pasó en el último año. La ECE se viene aplicando desde 2006 (con resultados válidos desde 2007) y es bueno mirar la serie para entender dónde estamos. La serie completa se presenta en este gráfico:
Elaboración propia a partir de la información disponible en el sitio web del Ministerio de Educación. Las  barras muestran los intervalos de confianza de las estimaciones (azul hacia arriba y rojo hacia abajo)

Antes de leer los resultados, por favor, nótese que en el gráfico la escala va de 0 a 100. Esto es importante por qué si uno corta la escala, amplifica los cambios de modo artificial y esto es muchas veces usado tanto para destacar un aspecto positivo como para agravar un aspecto negativo y es igualmente inválido en ambos casos. Hay circunstancias en las que se puede o debe alterar la escala, pero estas excepciones hay que manejarlas como tales y advertir al lector sobre las mismas y el propósito que sirven.

Como se puede apreciar, en ambos casos, se duplica la proporción de estudiantes que alcanzan el nivel satisfactorio en los primeros años y luego se produce un estancamiento.

Del mismo modo debemos ver los demás cambios (o no cambios) que son documentados por la ECE: el progreso en la reducción de aquéllos que no alcanzan siquiera el nivel mínimo de desempeño (que es un área clave que ha destacado la presentación de la Ministra), la evolución de las brechas, los distintos patrones en las regiones, etc.

Asimismo, habría que revisar con atención algunos comportamientos identificados por el Ministerio pero que no se encuentran documentados por la información disponible: el rendimiento de escuelas estatales y no estatales por distritos de Lima o el rendimiento diferenciado de las escuelas “acompañadas.” Hasta donde sugiere la información disponible, no hay un diseño muestral que permita decir algo sobre estos temas por lo que sería conveniente que el Ministerio documente cuál es la evidencia que respalda estas afirmaciones.

En próximos posts trataré de referirme a varios de estos temas.

Cazafantasmas:
A pocos días de publicados los resultados, Idel Vexler (quien fuera viceministro de educación durante prácticamente toda la década pasada) comentó la presentación y destacó (con total precisión) el patrón de cambios ya anotado (progreso hasta el 2010 y  luego estancamiento). Ahora bien, si bien es posible constatar que el progreso se observó cuando Idel Vexler era viceministro y que el estancamiento coincide con su salida del Ministerio no podemos asumir que esa coincidencia en el tiempo signifique algún tipo de causalidad. Pensar que hay una relación causal entre lo uno y lo otro sólo sobre la base de la simultaneidad es tan absurdo como pensar que Idel Vexler es responsable del terremoto que afectó Ica ya que éste también ocurrió cuando él era viceministro.

De modo exactamente análogo, no se puede pensar que el progreso o estancamiento de los últimos años es resultado de lo que ha hecho o dejado de hacer la gestión actual. Ese simplismo puede llevar a la desesperación por mostrar resultados así como a algunas críticas infundadas. La causalidad en los asuntos humanos en muchísimo más compleja y aún falta mucho pan que rebanar en términos de investigación para entender los cambios, los estancamientos y los distintos procesos en cada región. Debemos tener presente que los resultados educativos de hoy son el fruto no sólo de lo que hacemos hoy, sino también de lo que hicimos y dejamos de hacer en nuestro pasado reciente. Del mismo modo, lo que hacemos hoy se traduce en algo de lo que hoy observamos y en mucho de lo que acontecerá en los años por venir. Por ejemplo, el desempeño de los docentes hoy en servicio (y ésta es una variable clave) es el resultado de decisiones que, entre otras, permitieron que el ingreso a la carrera de educación en las universidades se logré con puntajes ínfimos y que se egrese con un conjunto dudoso de competencias. Menciono este ejemplo sólo por una razón: las universidades son autónomas y la decisión de exigir mucho en medicina y prácticamente nada en educación, no es una decisión de ningún gobierno. Las responsabilidades por el estado actual de la educación peruana se reparten entre un conjunto muy amplio de actores.

Sin embargo, lo que me interesa destacar aquí es la noción de tiempo que necesitamos para abordar en serio los problemas de la educación. Si el rendimiento cambió o no cambió 1 punto en un año, es lo menos importante de los resultados no sólo porque no existe evidencia para afirmar dicho cambio (es decir porque no cambió) sino y fundamentalmente porque necesitamos políticas de largo aliento que aborden problemas que también son de largo aliento.

Para eso necesitamos información y análisis y, lamentablemente, la ECE no nos ayuda mucho justamente por su carácter censal. Como ya anoté (ver post previo) la carga operativa de hacer un censo obliga a centrarse en muy pocas cosas y, por lo tanto, es poco lo que sabemos gracias a la ECE.

La semana pasada se presentó un libro reciente producido por Arlette Beltrán y Janice Seinfeld. El libro levanta muchos temas claves de la educación peruana que hay que abordar. Por su parte, el intercambio de ideas que se desarrolló en la presentación mostró algunos de los problemas que tenemos. Por ejemplo, uno de los comentaristas que es tenido como un experto en educación trató de descalificar el valor de la información generada por la ECE a partir de dos “argumentos”: el primero consistente en decir que no se puede asumir que las dos cosas que mide la prueba (o las tres que mide PISA) son cosas que todos debemos manejar por igual y que son las únicas que importan; como nadie afirma esto, tenemos un argumento retórico simple y fallido: se levanta un fantasma y luego se conquista sonrisas atacándolo. El segundo “argumento” fue la total incomprensión acerca de cómo operan pruebas como la ECE (se dijo que el progreso de los primeros años se explica porque se cambió el fraseo de las preguntas y ahora la prueba es más fácil). Me sentí muy satisfecho como ciudadano de este país al ver a la Ministra defendiendo un bien público y el patrimonio que representa para el país contar con las capacidades para desarrollar este tipo de mediciones.

Voy a seguir sobre estos temas en las próximas semanas.

26 abril, 2013

Haya o no Haya, La Haya será

En pocos meses la Corte Internacional de Justicia emitirá su fallo sobre la demanda interpuesta por el Perú con relación a la fijación de la frontera marítima con Chile. En la medida que nos acercamos a dicho momento, las prioridades cambian ya que lo que empieza a estar en juego no son kilómetros cuadrados más o menos de mar, sino la manera como nuestras sociedades han de enfrentar el fallo y el significado de esta reacción para cada uno de nuestros países independientemente, y para nuestro futuro como vecinos.

Un hecho alentador es que ambos gobiernos han expresado reiteradamente su compromiso con acatar el fallo, pero ¿cuál es la actitud de las personas?

Lamentablemente, tenemos razones para temer que el fallo, cualquiera que éste sea, ha de despertar entre las personas sentimientos contrarios al principio fundamental que está en juego: la resolución pacífica, civilizada, legal de las diferencias.

Si hay algo que los pueblos pueden aprender hoy es que lograr este tipo de resolución de las diferencias es mucho más importante que un pedazo de tierra o mar. ¡Qué diferencia con el espíritu militarista de 1879 o, incluso, de 1979!

Es tiempo que nuestros países empiecen a dar no sólo señales oficiales de respeto al fallo, sino de pedagogía política, estimulando entre los ciudadanos una sensación de victoria en el camino a la vida civilizada mucho más importante que unos puntos de crecimiento en el PBI. Asimismo, hay que anticipar y conjurar aquellas voces militaristas que creen que hoy es el momento de renovar arsenales, comprar tanques y demás. Hoy más que nunca es el tiempo de destinar los recursos públicos al desarrollo, a garantizar los derechos fundamentales de las personas, a desarrollarnos como una sociedad civilizada. Hoy que todas las fronteras están claras, es tiempo de pensar en políticas de desarme que pueden concordarse, o no, con los vecinos. Es tiempo de desminar completamente las fronteras (como se debió hacer desde hace mucho cuando se firmó el Tratado de Ottawa -Convención sobre la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonales y sobre su destrucción) y reemplazar las armas con materiales y equipos para el desarrollo del país. Es tiempo de fortalecer la integración con nuestros vecinos y compañeros de historia.

Perú y Chile tienen cada vez más lazos comunes que nos unen en la construcción de futuro, estos lazos necesitan fortalecerse eliminando todo chauvinismo estúpido (¿hay otro?) y el fallo de La Haya, cualquiera que éste sea, será una victoria conjunta de ambos pueblos sobre la barbarie que aún habita en las mentes de muchos peruanos y chilenos.

Este post se publica intencionalmente el 5 de abril de 2013, 21 años después del que esperemos sea el último golpe de estado en la historia del Perú. Valorar la solución civilizada de los conflictos es exactamente la mejor manera de ponderar el significado de largo plazo de opciones autoritarias que, aunque oclocráticamente celebradas en su momento, terminan siempre minando las posibilidades de vida civilizada. Tener presente que aún un alto porcentaje de peruanos abraza opciones totalitarias y celebra la barbarie es una obligación moral.

19 abril, 2013

A propósito de la ECE 2012


El día dos de abril de 2013 la Ministra de Educación presentó los resultados de la Evaluación Censal de Estudiantes (ECE) 2012, es decir, de la prueba de lectura y matemáticas que se aplica en segundo grado en todo el país desde 2007.

Hay muchas cosas que comentar al respecto: uno podría mencionar lo pobres que siguen siendo los resultados o destacar que se está mejorando poquito a poquito en el promedio nacional aunque las brechas se han incrementado (lo que, aparentemente, empezaría a estar cambiando), etc. En un próximo post me referiré a esos temas, hoy quiero enfocarme en un problema diferente.

¿Han notado que los resultados de la evaluación censal se presentan usando lo que en estadística se llama error estándar? Es decir, se presenta resultados que tienen un margen de error por lo que es necesario indagar si las diferencias son "significativas", es decir, suficientes para decir que son, efectivamente, diferencias. Ahora bien, estos errores son clave para un buen uso de información muestral ya que, efectivamente, una muestra probabilística bien diseñada representa la situación poblacional pero dentro de determinados límites de confianza o probabilidad (por ejemplo, una encuestadora dice que hay un "empate técnico" cuando un candidato tiene 29% de preferencias y otro 30% -la prueba de significancia justamente busca indagar si 30 es, con cierto grado de certeza, más que 29).

¿Resultados censales con errores estándar?
(esto no deja de recordarme mi examen parcial de Estadística Social II en la Universidad, cuando la gran profesora que teníamos nos puso información censal de una manera tal que la mayoría de los estudiantes asumió que era muestral y procedió, equivocadamente, de acuerdo a esto -gracias Ana) 

La explicación de esta situación radica en que quienes conducen las evaluaciones dentro del Ministerio saben bien cómo hacerlo. Es decir, tienen muy claro que la evaluación censal no brinda resultados que se puedan agregar de modo confiable a nivel nacional ya que: (i) la cobertura censal es diferente en distintas partes del país y se presenta lo que se conoce como "sesgo de selección", (ii) no hay garantía de que las pruebas se puedan aplicar de modo equivalente en todas partes, (iii) la información base presenta dificultades para definir el real universo a medir; entre muchas otras razones. Así, durante la "evaluación censal" se evalúa también a una "muestra de control" que es de donde se puede sacar los resultados confiables que se presenta a la comunidad nacional.

Entonces, cabe preguntarse, si la información que se usa viene de una muestra ¿para qué tener un censo?

La respuesta a esta pregunta radica en el origen de la evaluación censal. Esta no se hizo para que podamos saber cómo vamos a nivel país, o de las regiones, sino para que cada padre de familia pueda recibir un informe sobre la situación de su hijo en el entendido que al ver lo mal que están las cosas, éstos tomen un mayor protagonismo y actúen sobre la escuela y sus docentes para que éstos mejoren. Si bien estas razones no están claramente expresadas ni documentadas, algunos actores (especialmente fuera del Ministerio de Educación) lo han tenido siempre muy claro. Es decir, se buscó establecer un mecanismo de rendición de cuentas que dinamizaría la vida escolar. Eso no se puede hacer si la prueba no es censal.

Ahora bien, esta decisión tiene algunos costos: una prueba censal es muy grande y requiere muchos recursos no sólo financieros, sino también profesionales; conducir una prueba censal hace que el Ministerio limite su capacidad de explorar otras cosas que cabría explorar y que la unidad a cargo no puede hacer por la carga de trabajo que implica una evaluación censal.

Por otro lado, más allá de las virtudes de medir competencias básicas en grados tempranos, una evaluación censal en segundo grado limita la información que se puede acopiar: por ejemplo, hay preguntas que permitirían determinar el nivel socio-económico de las familias (variable clave para entender los resultados) que no se puede preguntar a niños de segundo grado.

Es decir, la evaluación censal sirve para informar a los padres (asumiendo que los informes de resultados efectivamente lleguen a éstos), pero nos limita a todos como comunidad nacional en términos de la información que se produce. En 2004, antes de la introducción de la evaluación censal, la evaluación muestral generó mucha más información la que fue muy útil para entender las cosas. Lamentablemente, entre entender y transformar hay un trecho muy importante.

Así, la pregunta es ¿cuánto ganamos con un evento censal? ¿Lo que ganamos compensa lo que perdemos?

En primer lugar, los padres reciben las libretas de notas de sus hijos, así que debemos suponer que ya cuentan con información sobre el desempeño de éstos y que lo hacen de modo regular a lo largo del año escolar. Luego, la información de la evaluación censal sería redundante y extemporánea. Claro está que uno puede objetar y decir que las notas en realidad no informan de modo adecuado sobre los aprendizajes (¿si sólo menos de uno de cada tres niños lee de acuerdo a lo esperado, cómo así la abrumadora mayoría tiene notas aprobatorias?). Si esto es así, lo que tenemos es que los docentes evalúan según quién sabe qué criterio, cuando se supone que deberían evaluar contra los aprendizajes esperados según el curriculum nacional y los curricula regionales. Entonces, ¿debemos tener una evaluación censal sólo por que las notas no sirven? Esta no parece ser una solución muy coherente.

En segundo lugar, tenemos el propósito por el que se estableció la evaluación censal. No sé si yo me he perdido de algo estos años que estuve fuera pero, hasta donde tengo entendido, no hemos presenciado una gran movilización de padres indignados por lo poco que aprenden sus hijos, ¿o sí? Evidentemente, uno podría argüir que los padres no tienen capacidad para movilizarse, pero durante estos mismos años hemos visto que las comunidades se movilizan y, en ocasiones, con mucha vehemencia y capacidad de presión. Un ejemplo muy claro: Conga. A mí esto me sugiere que hay capacidad para actuar y presionar, pero que ésta se moviliza únicamente cuando se trata de algo que le importa a las personas (por cualesquiera sea el motivo). Esto me permite sugerir una hipótesis general: a la población y a sus autoridades (por ejemplo en Cajamarca) les preocupa más la minería que si los niños aprenden a leer o a sumar. Eso sería el caso si, en realidad, se encuentran satisfechos con la educación que tienen, o porque no les parece que sea un problema que amerite el esfuerzo que, por ejemplo, Conga si ameritó. Así, debo imaginar que Conga (u otras casos como éste) es más importante que el aprendizaje de los niños.

Por otro lado, imaginémonos una situación en la que efectivamente la evaluación produzca el resultado que imaginaron quiénes vendieron la idea de tenerla. ¿La movilización de los padres podría, efectivamente, hacer que los niños aprendan lo que no están aprendiendo? La respuesta sería afirmativa si la razón por la que no se enseña de modo efectivo a leer y sumar fuese que los docentes no quieren hacerlo. En ese caso, un poco de presión los podría “motivar”. Pero, ¿es ése el problema? ¿No será más bien que hay muchos docentes que o no saben cómo enseñar o sabiendo hacerlo no cuentan con los medios para hacerlo? La ilusoria e improbable movilización de padres no va a cambiar esto.

Así, la evaluación censal nos brinda menos información de la que necesitamos en aras de producir un resultado que no sólo no se produce (como hemos visto a lo largo de cinco años), sino que no puede producirse.

¿No es tiempo de reevaluar en serio si necesitamos una prueba censal?
¿No sería mejor tener –con los mismos recursos- evaluaciones muestrales que cubran más áreas y en más grados? ¿No cabría tener una evaluación censal cada cierto tiempo, digamos dos o tres años, con el propósito de identificar escuelas que necesitan ser intervenidas/apoyadas de modo decidido? ¿cuál es el lugar de las evaluaciones internacionales en este escenario?

12 abril, 2013

Subidas y bajadas

Como parte de mi retorno al Perú he estado haciendo uso de lo que mal llamamos transporte público (en otro post me referiré a este tema) y, por supuesto, una de las cosas que siempre me ha llamado la atención es que en los buses que tienen dos puertas y existe la indicación de que una es para subir y la otra para bajar, dichas indicaciones no tienen siquiera un valor referencial ni para los pasajeros, ni para los responsables del vehículo (chofer y cobrador).

Hace unos días, subí a uno de estos buses y noté que dichas indicaciones aparecían en un sentido en la parte exterior del bus y en sentido opuesto en su interior. Es decir, a los que están afuera se les dice que la puerta delantera es la de subida y la posterior de bajada, mientras a los que ya están en el bus se les dice lo opuesto. Esto, en un universo donde lo escrito tiene sentido, produciría una absurda congestión en las puertas que, en el Perú, se produce igual ya que siempre son usadas de modo indistinto independientemente de lo que esté escrito.

En un tono más bien jovial le comenté al cobrador esta situación. Este me miró con una mirada de tal nivel de extrañeza que por un momento estuve a  punto de dudar si yo había hablado en castellano. Más allá de la expresión de su rostro, el personaje no articulo respuesta alguna.

Habiendo leído hace muchos años los excelentes trabajos de Juan Biondi y Eduardo Zapata, nada de esto me extrañó pues en el Perú, la letra escrita es lo extraño, lo ajeno, lo carente de sentido.

De hecho, este post juega con una afirmación que no es empíricamente correcta: asume que lo escrito en el bus es información que se busca transmitir a alguién, asume que es un mensaje cuando en realidad no es sino un elemento pictórico (probablemente obligado) que no pretende decirle nada a nadie y, más aún, que los potenciales receptores tampoco tienen el más remoto interés en recibir como mensaje.

Y pensar que Alan García se atrevió a decir (y a establecer un día para recordarlo) que el analfabetismo había sido "erradicado" del Perú (afirmación que, en sí misma es un sin sentido total por muchas razones que son objeto de otro post).

La enajenación que marca la relación entre el peruano y el texto escrito es un tema mayor que penosamente no recibe ni cinco centavos de atención de parte de prácticamente nadie. ¿Hasta qué punto los docentes reciben formación para enseñar a leer que considere la oralidad del país? (ciertamente también cabe preguntarse hasta qué punto los docentes son capacitados para enseñar a leer a secas) ¿No es esto acaso algo escencial para identificar zonas de desarrollo próximo? La relación entre capacidades lectoras y oralidad parece ser un tema inexistente para aquéllos que gestionan las acciones públicas en educación y, lo que me preocupa mucho más, para los propios dizque ciudadanos.

05 abril, 2013

¿Prescribir o habilitar? That is the question

El mal comienza cuando, en lugar de estimular la actividad y las facultades de los individuos, y de las instituciones, los sustituye con su propia actividad; cuando, en lugar de informar, y aconsejar, y si es preciso, denunciar, él los somete, los encadena al trabajo o les ordena que desaparezcan, actuando por ellos. El valor de un Estado, a la larga, es el valor de los individuos que le componen; y un Estado que pospone los intereses de la expansión y elevación intelectual de sus miembros en favor de un ligero aumento de la habilidad administrativa, en detalles insignificantes; un Estado que empequeñece a los hombres, a fin de que sean, en sus manos, dóciles instrumentos (incluso para asuntos de carácter benéfico), llegará a darse cuenta de que, con hombres pequeños, ninguna cosa grande podrá ser realizada; y que la perfección del mecanismo al que ha sacrificado todo acabará por no servir de nada, por carecer del poder vital que, con el fin de que el mecanismo pudiese funcionar más fácilmente, ha preferido proscribir.

Aunque parezca una crítica de aquello que fuera llamado "socialismo real", el texto anterior en realidad fue originalmente publicado en 1859, es decir, once años antes del nacimiento de Lenin y sus seguidores. El texto es el cierre de la obra "Sobre la Libertad" de John Stuart Mill y anticipa las debilidades centrales de cualquier enfoque estatista, al tiempo que presenta una reflexión fundamental acerca de la manera como se manejan los asuntos públicos: ¿qué debe hacer el Estado?

La respuesta de Mill a esta pregunta es muy simple, el Estado debe permitir y facilitar que la gente actue, no debe actuar por la gente.

Esta idea de profunda raigambre liberal se ha ido verificando a lo largo de los años no sólo por el colapso de los sistemas estatistas sino, y fundamentalmente, por que la comprensión de los asuntos humanos que avanzan las ciencias sociales muestra, de modo sistemático, que el orden social es un orden emergente que se basa en la acción de las personas y no en un "plan" (quinquenal o de cualquier otro tipo) que prescribe lo que se supone que, a juicio del burócrata, la gente "debe" hacer.

Diversas áreas de la vida tratan de ser reguladas por burócratas especializados que se irrogan facultades que no tienen ya que nadie es omniscente y, justamente, el cambio social se procesa siempre en formas inimaginadas e inimaginables en miríadas de contextos locales. Reconocer que el orden social es un cosmos (un orden que emerge de la acción de cada agente) y no un taxis (un orden impuesto por un ser en particular), usando las expresiones griegas que Hayek retomó hace mucho tiempo, lleva a entender que el rol de la política debe centrarse en habilitar a los agentes para que estos actúen según su mejor saber y entender. Así, no existe un "eje" del cambio social ya que éste es omniaxial.

Burocracias perdidas bajo el peso de su propia torpeza pasan la mitad del tiempo inventando "soluciones" y la otra mitad del tiempo tratando de lidiar con el hecho que la gente no actúa como el burócrata quisiera o espera. ¿No sería acaso más provechoso brindar las condiciones, los recursos, las normas, las seguridades que la gente necesita para actuar? ¿En qué medida las políticas estatales apoyan a los ciudadanos en vez de tratar de ensayar "soluciones" pergeñadas en el seno de la burocracia?

En diciembre de 2012 participé en un seminario en el que uno de los expositores criticaba el hecho que las políticas públicas en educación estaban en manos de "edu-cratas", durante mi presentación, me permití discrepar y decir que en realidad se trataba de "buro-cadores" ya que es la vocación prescriptiva lo que prima incluso por encima de sus preocupaciones educativas.

En un país y un tiempo donde el (sólo hasta cierto punto) liberalismo económico parece haberse consolidado como ideología compartida por casi todo el espectro político y mucho de la ciudadanía, sería importante tratar de cultivar algo de lo mejor que trajo al mundo el liberalismo político: una noción fuerte de ciudadanía, de su accionar y responsabilidad que se puede cultivar con políticas públicas que no expropien la capacidad de actuar de las personas sino que, justamente, se aboquen a apoyar dicha capacidad.

Sólo aquéllos que conciben al Estado como "Papá Gobierno¨ tienen interés en desplegar una gran diversidad de acciones y programas que sirven para reforzar una posición subordinada de las personas que terminan desarrollando estrategias diversas para acceder a los favores del "Papá Gobierno". Un país de ciudadanos, no necesita de esa forma de accionar sino de un Estado que regule y garantice los derechos de todos por igual.