El comentario es el siguiente video de poco más de cuatro minutos:
Mostrando entradas con la etiqueta Financiamiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Financiamiento. Mostrar todas las entradas
11 agosto, 2014
Perú: Más recursos para la educación
Hace unos días, mis colegas de la Universidad del Pacífico, me pidieron que haga un breve comentario sobre el anuncio presidencial acerca de una inversión significativamente mayor de recursos públicos en educación.
El comentario es el siguiente video de poco más de cuatro minutos:
El comentario es el siguiente video de poco más de cuatro minutos:
03 febrero, 2014
Mitos y miserias de la educación: un mito persistente o una vez más sobre el “6%” del Producto
Una idea que se repite como letanía en el mundo de la
educación desde hace más de cinco décadas es que todos los Estados deberían
destinar “al menos” el seis por ciento de su producto a la educación.
Una idea como ésta debería, inmediatamente, levantar algunas
sospechas, especialmente porque nunca viene asociada a algún argumento que
sustente por qué razón seis y no, digamos, 5,7 o 7,3 por ciento; o porque
después de 50 años de repetida la monserga es probable que las cosas sean
diferentes y habría que, al menos, “actualizar” la recomendación de marras. O,
más osadamente, uno podría preguntase por qué la inversión pública en educación
debería indexarse a la riqueza y no a otras cosas. Lo cierto es que no hay un
solo argumento que sustente este meme
que persiste en el mundo de la educación tanto como la gripe en el mundo de la
salud. En otra parte, Juan
Fernando Vega ha hecho una revisión del éxito de este meme. No voy a repetir nada de lo que él ya dijera y de lo que yo
mismo he escrito al respecto en este blog hace
casi un año.
Lo que quiero hacer en este post es mostrar un gráfico que
me parece ilustrativo sobre el problema del financiamiento estatal de la educación. Si el famoso “6 por ciento” que “al
menos” debería destinarse a la educación tuviese algún sentido, cabría esperar
que aquéllos que invierten “más” (en estos términos) debieran lograr algo más
con ello. Esto es muy fácil hacerlo con estadística internacional, pero me
pareció interesante hacerlo mirando hacia dentro del país. Es decir, en vez de
pensar en una comparación entre países, ¿por qué no comparamos a las regiones del
nuestro?
El siguiente gráfico muestra la (absurda) relación entre el
gasto público en educación regional como porcentaje del producto regional y el
porcentaje de niños de segundo grado que logra un desempeño satisfactorio en
lectura de acuerdo a la Evaluación Censal de Estudiantes (ECE). En ambos casos, se
muestra información de 2012.
Los ejes del gráfico (destacados en una línea gris gruesa)
se corresponden con los valores medios nacionales y dividen el gráfico en
cuatro áreas de posiciones relativas: encima/debajo del promedio nacional en
desempeño/gasto.
La línea roja muestra el umbral de famoso 6 por ciento.
El gráfico muestra una tendencia que es exactamente opuesta
a lo que la “recomendación” sobre el gasto esperaría. Esto no quiere decir que
hay que gastar menos (en términos relativos al producto) para lograr mejores
resultados, solamente significa que no hay ninguna razón para que estas dos
cosas estén relacionadas de alguna forma que tenga sentido como ya se ha
explicado en la nota
que mencioné arriba. Dado el absurdo, prefiero no hacer comentarios acerca de la triste situación de aquéllos donde, efectivamente, se "ha logrado" gastar "al menos" seis por ciento ... (todos por debajo del mediocre resultado nacional en comprensión lectora).
Lograr que los niños aprendan pasa por gastar, probablemente,
más de lo que hoy gastamos en términos absolutos (unos dos mil soles al año por
estudiante de primaria) y, sobretodo, por hacerlo mejor como señaló la propia UNESCO en un texto
más lúcido (ver los capítulos dos y cuatro) sobre este tema que la famosa “recomendación.” Una idea
interesante que cabe preguntarse es qué logran otros en nuestro propio país con
dos mil soles al año, es decir, qué pasa con las escuelas privadas pagadas en la
que los padres pagan lo mismo que nosotros pagamos vía impuestos por la educación
estatal ¿se logra los mismos resultados?
El crecimiento de la matrícula privada experimentado en los últimos
años nos debería servir para indagar sobre aspectos como éste y aprovechar de
mejor manera el incremento en el gasto por alumno en el sector estatal derivado
del crecimiento económico, y de los cambios en la matrícula: hoy tenemos un
millón de estudiantes menos en la primaria estatal que en el año 2001 (sobre esto
haré un post específico) debido a que, cada año, nacen menos niños, hay menos
repetición en primaria, y hay una mayor matrícula no estatal. Aprovechar esta
situación para gastar mejor pasa por formularse algunas preguntas incómodas,
por ejemplo, ¿por qué si la matricula estatal ha caído en un millón de estudiantes
(aproximadamente 28 por ciento) tenemos ocho por ciento más de
docentes que entonces?
Abordar el problema del financiamiento estatal de la educación supone elaborar con seriedad (más allá de monsergas carentes de sentido) y preguntarse las preguntas adecuadas.
15 marzo, 2013
Mitos y miserias de la educación: financiamiento público
Un elemento clave de la acción publica en educación se vincula al financiamiento de la misma.
Independientemente de quien gestione los programas educativos, hay una asignación de recursos públicos que es de central importancia para asegurar adecuados niveles de acceso y aprendizaje para todos. Es decir, el financiamiento cumple un papel clave en la equiparación de condiciones de modo que las personas puedan lograr aprendizajes independientemente de sus condiciones de partida (fundamentalmente, sus características socioeconómicas y demográficas).
Por esta razón, resultaría lógico pensar que los volúmenes de financiamiento deben determinarse tomando en consideración dos grupos de factores: (i) lo que se necesita para desarrollar determinados objetivos curriculares (libros para leer, laboratorios para experimentar, profesores para enseñar, etc.) y (ii) lo que se necesita para asegurar que todos tengan iguales oportunidades (atender necesidades, digamos, no directamente educativas).
De lo anterior se colige que un adecuado financiamiento de la educación se ha de definir en función de las necesidades y, dado que éstas son diversas, habría de ser diferente de acuerdo a los diferentes contextos a atender.
Esta idea tan simple va absolutamente en contra uno de los mitos más afincados en el tema de la educación, el mismo que sugiere asignaciones iguales para todos (lo que no hace sino ignorar y, por lo tanto, reproducir las desigualdades de partida) es decir: similares tamaños de clase, mismo salario para los docentes (como si todos tuviesen que tener las mismas competencias), etc.
Una de las manifestaciones más nefastas de este mito es la idea de que se podría definir que todos los países del mundo habrían de destinar "al menos" una proporción similar de su riqueza a la educación, donde, 6% es el número mágico elegido.
Este tipo de ¨recomendación¨ se ha venido esgrimiendo en el mundo de la educación desde hace por lo menos cinco o seis décadas y sólo produce dos resultados principales: (i) exonera a los especialistas en educación de pensar y trabajar en la estimación de las reales y diversas necesidades que hay que atender, y (ii) produce la burla de cualquier economista que trabaje en finanzas públicas que termina desdeñando los reclamos por una mayor inversión en educación por que éstos se orientan alrededor de una cifra que carece de sustento (pues no hay ninguna forma de sutentarla excepto, como lo señalara Juan Fernado Vega aquí, con el recurso a la autoridad y este argumento es, en realidad, una falacia).
Por otra parte, este tipo de ¨recomendación¨ merma el necesario énfasis en la equidad al formular una ¨solución¨ del tipo talla única. Esta recomendación deja de lado algunas variables importantes que explican por qué Japón puede tener una respetable educación con sólo 3.8% de su PBI y Lesotho no lo logra con 13%. Estas variables son:
Independientemente de quien gestione los programas educativos, hay una asignación de recursos públicos que es de central importancia para asegurar adecuados niveles de acceso y aprendizaje para todos. Es decir, el financiamiento cumple un papel clave en la equiparación de condiciones de modo que las personas puedan lograr aprendizajes independientemente de sus condiciones de partida (fundamentalmente, sus características socioeconómicas y demográficas).
Por esta razón, resultaría lógico pensar que los volúmenes de financiamiento deben determinarse tomando en consideración dos grupos de factores: (i) lo que se necesita para desarrollar determinados objetivos curriculares (libros para leer, laboratorios para experimentar, profesores para enseñar, etc.) y (ii) lo que se necesita para asegurar que todos tengan iguales oportunidades (atender necesidades, digamos, no directamente educativas).
De lo anterior se colige que un adecuado financiamiento de la educación se ha de definir en función de las necesidades y, dado que éstas son diversas, habría de ser diferente de acuerdo a los diferentes contextos a atender.
Esta idea tan simple va absolutamente en contra uno de los mitos más afincados en el tema de la educación, el mismo que sugiere asignaciones iguales para todos (lo que no hace sino ignorar y, por lo tanto, reproducir las desigualdades de partida) es decir: similares tamaños de clase, mismo salario para los docentes (como si todos tuviesen que tener las mismas competencias), etc.
Una de las manifestaciones más nefastas de este mito es la idea de que se podría definir que todos los países del mundo habrían de destinar "al menos" una proporción similar de su riqueza a la educación, donde, 6% es el número mágico elegido.
Este tipo de ¨recomendación¨ se ha venido esgrimiendo en el mundo de la educación desde hace por lo menos cinco o seis décadas y sólo produce dos resultados principales: (i) exonera a los especialistas en educación de pensar y trabajar en la estimación de las reales y diversas necesidades que hay que atender, y (ii) produce la burla de cualquier economista que trabaje en finanzas públicas que termina desdeñando los reclamos por una mayor inversión en educación por que éstos se orientan alrededor de una cifra que carece de sustento (pues no hay ninguna forma de sutentarla excepto, como lo señalara Juan Fernado Vega aquí, con el recurso a la autoridad y este argumento es, en realidad, una falacia).
Por otra parte, este tipo de ¨recomendación¨ merma el necesario énfasis en la equidad al formular una ¨solución¨ del tipo talla única. Esta recomendación deja de lado algunas variables importantes que explican por qué Japón puede tener una respetable educación con sólo 3.8% de su PBI y Lesotho no lo logra con 13%. Estas variables son:
- El tamaño de la población a atender (a más gente, mayor inversión)
- La distribución de la población a atender por nivel educativo (diferentes costos en diferentes niveles)
- El patrón de distribución de la población y de los centros educativos (concentrado / disperso; urbano / rural - diferentes costos para el mismo “paquete tecnológico”)
- La distribución publico/privada de la matrícula (de qué tamaño es la población que se atiende con recursos públicos)
- Las restricciones de gestión (ratio alumno/profesor; repetición; retención; número de años de educación obligatoria, etc.)
- La diversidad específica de las necesidades de subpoblaciones (multiculturalidad, atención de de poblaciones excluidas, pobreza, etc.)
- Los ingresos tributarios (cuánto tiene el Estado para invertir), y no de menor importancia
- El tamaño y evolución de la economía
01 marzo, 2013
Ahora sí sobre la educación privada (i)
Uno de los comentarios que he escuchado con
relación a un post previo sobre la pertinencia de desestatizar la educación de
modo que sirva realmente el interés público, es que dicho texto sólo era una
defensa de la educación privada.
Algunos
dirán que el problema radica en que ese tipo de empresa privada no existe y la
verdad es que dicha afirmación es sólo parcialmente cierta: hay un número
importante de experiencias de este tipo en diversas partes del mundo y algunos, inspirados por el autor de
los dos muy influyentes informes de la consultora McKinsey (informe de 2007 y de 2010), Michael
Barber, empiezan a gestar un movimiento de educación de calidad para
poblaciones de bajos ingresos y rentable para quienes la ofrecen.
Esta interpretación puede ser explicada por
diversos factores entre los que quiero destacar dos que me preocupan
particularmente: (i) un problema fundamental de comprensión de lectura; y (ii)
un problema de comunicación generada por la ideología como restricción
individual y/o colectiva. En efecto, no hay forma de deducir del texto (si uno
lee sin prejuicios) que la gestión no estatal de la educación pública es
equivalente a educación privada pagada. Si alguien no está convencido de ello,
que le dé una mirada a Fe y
Alegría o a otros millones de
experiencias de ese tipo.
En cualquier caso, para que las
cosas queden aún más claras, en este post sí he de referirme exclusivamente a
la educación privada.
Lo primero que quiero decir es
algo que podría parecer obvio y es que dicha educación existe y ha existido por
un período de tiempo muy prolongado. Esto, a su vez, se ha dado en un contexto
en el que la educación no es el único derecho que las personas ejercen apelando
a la provisión privada de servicios: lo mismo sucede en la salud e incluso en
la seguridad (asociadas a la incapacidad estatal para proveer un servicio de
calidad a todos). Este último caso me parece particularmente complejo pues
puede cuestionar el monopolio de la fuerza legítima que detenta el Estado,
mermando el elemento más importante de su existencia.
La provisión de servicios educativos
privados no sólo ha crecido al amparo de la inoperancia de la provisión
estatal, también ha obedecido a otro tipo de razones: (i) búsqueda de segregación
social (gremios, colectivos religiosos, grupos locales de origen, comunidades
idiomático-culturales); (ii) la libre opción de cierto tipo de educación donde
un caso típico se da en sociedades laicas: la libre opción es planteada como
derecho por los interesados en que sus hijos reciban una formación religiosa
optando por escuelas privadas.
El primer tipo de motivos, optar
por la educación privada ante la inoperancia de la educación estatal, no
debería llamarnos la atención. La gente tiene derecho a reaccionar de esta
forma y no hay motivo por el cual cuestionar una opción abrazada por la gran
mayoría de las personas en lugares tan distantes como New Delhi o Lima. El
único problema de esta opción es que, dadas determinadas condiciones de
financiamiento, sólo la tienen aquéllos que pueden pagar por ella. La opción en
sí no es un problema, el que no sea una opción universal sí lo es. Esto, por
tanto, lleva a la discusión presente en muchas latitudes acerca de si el Estado
debería destinar recursos públicos también a la educación de aquéllos que
optan por una educación no estatal: ésta es la razón de ser de los esquemas de vouchers (o de educación privada subvencionada) que
se ha implantado en diversas partes del mundo. Cuando estos esquemas no existen,
las personas terminan pagando dos veces por el servicio (mediante impuestos y
mediante el pago directo al proveedor privado) y los pobres tienden a ser condenados a
una educación estatal inoperante.
El segundo tipo de motivos (la
búsqueda de segregación) pertenece a la lógica de reproducción de las
comunidades pequeñas y; por supuesto, conlleva el riesgo de evolucionar como
discriminación. Esto no es algo saludable para ninguna sociedad y, por esta
razón, se introduce provisiones legales que buscan evitar la discriminación;
algunos promueven educación en diferentes tradiciones culturales (como es el
caso de Singapur donde se identifica a tres grupos culturales: chino, malayo e indio)
mientras que otros buscan que todos reciban la misma educación (por ejemplo
Francia). Conviene tener presente que la
discriminación por precio sigue vigente en la mayoría de los casos.
El tercer tipo de motivos ejemplifica
cómo un interés de reproducción de la comunidad se elabora como derecho: corresponde
al legítimo interés de los padres contar con una educación más acorde con sus
convicciones (éticas, morales, religiosas, o de otro tipo como la búsqueda de
una educación que brinde un mayor peso al arte, o un calendario escolar más
acorde con las necesidades familiares, etc.) y, al igual que en el primer caso,
el financiamiento público de dichas opciones no resulta un despropósito sino
todo lo contrario. Tal es el caso del subsidio estatal que reciben las familias
católicas en los Países Bajos de modo que puedan enviar a sus hijos a escuelas acorde
con sus creencias.
Ahora bien, hasta ahora no he
dicho una sola palabra acerca de las motivaciones que los agentes privados
pueden tener en la educación. De lo ya dicho se desprende algunas cosas (como
el interés en ofrecer una formación religiosa dada), pero esto no agota las
posibilidades ya que existe un universo adicional de razones posibles que incluye
la filantropía, la responsabilidad social y también la búsqueda de lucro.
Cuando la educación privada NO
busca el lucro, nadie parece espantarse con ella y, sin embargo en determinados
contextos, ésta igualmente implica un problema mayor: sólo tienen derecho a una
buena educación, los que pueden pagar por ella. Claro está que esto no es
responsabilidad privada, sino el resultado de la inoperancia estatal de donde
la necesidad real consiste en enfrentar los problemas de la educación estatal para
cumplir la función pública de asegurar una educación de calidad; una mala
educación estatal no sirve el interés público en lo absoluto.
Por otra parte, cuando la
educación privada sí incluye una finalidad lucrativa, se produce un debate muy
intenso. Sin embargo, ¿por qué nadie se espanta porque servicios de seguridad
sean provistos por empresas privadas que lucran con ello? ¿por qué nadie cuestiona
que médicos, clínicas, laboratorios y centros de imágenes lucren en el ámbito
de la salud? Creo que podría haber muchas más razones para preocuparse en estos
casos y, sin embargo, nadie parece reparar en ellas.
La pregunta que me parece fundamental (pues no es ideológica sino centrada en el propósito) es la siguiente: ¿es
la búsqueda de lucro necesariamente incompatible con el interés público? En
algunos casos me parece que la respuesta es claramente un sí. Por ejemplo, en casos
que abundan en Asia donde los docentes no cubren de modo suficiente los
contenidos curriculares de modo que los estudiantes (agobiados por exámenes y
presiones familiares vinculadas al éxito académico) se ven forzados a contratar
servicios privados de tutoría (ofrecidos mayormente, pero no exclusivamente, por
los mismos docentes –ver reportaje de CNN sobre Hong Kong). En otros casos, esto no me
resulta tan claro: por ejemplo, si una empresa ofrece buenos servicios
educativos, no discrimina en la admisión y cobra una pensión que es igual o
menor que la inversión estatal en educación. ¿dónde estaría el problema?
| McKinsey 2010 |
Es
importante considerar que Barber es una figura intelectual y política
preocupada (desde el laborismo británico) por asegurar que el Estado delivers (“entregue”) los servicios que
debe brindar (es decir se trata de alguien que no llega a este tema desde una propuesta de liberalización
de los mercados). Esa fue justamente su responsabilidad bajo el gobierno de
Blair (jefe de la oficina de delivery
del gobierno). Hace pocos meses Barber brindó los fundamentos de esta
preocupación y propuesta en una entrevista hecha por BBC (véase la entrevista luego de este párrafo, por
cierto esta entrevista es una muestra de lo bueno que puede ser el periodismo
bajo una gestión no estatal al servicio público que es el caso de la BBC). También debería
consultarse el sitio web de la iniciativa encabezada por Barber (affordable learning).
Si bien aún está por verse cuál
es el resultado de un intento como éste, resulta muy significativo considerar
que hay personas y empresas que se plantean seriamente que los niños no pueden
esperar a que un inoperante sistema estatal se auto-reforme y que tienen
derecho a una buena educación.
Finalmente, iniciativas como ésta
suponen que el aparato estatal cumpla crecientemente roles de supervisión y
control que aseguren que la oferta privada brinde, efectivamente, una educación
de calidad. Hoy, el aparato estatal no sólo no cumple esa función con respecto
al sector privado (del que se desentiende), sino que no la cumple respecto de
sí mismo: no hay que olvidar que todo este debate se origina en la inoperancia
de la educación estatal. Si la educación estatal fuera pública (es decir,
asegurase el derecho de todos a una educación de calidad), el espacio para la
actividad privada se limitaría fundamentalmente a la atención de
aquéllos que buscan, en sus legítimos intentos por mantener sus tradiciones,
creencias o costumbres, una educación diferenciada.
(Gracias Juan Fernando Vega por los comentarios a un borrador incial de este texto y por el intercambio que sostenemos sobre éste y otros tópicos desde hace mucho, mucho tiempo)
(Gracias Juan Fernando Vega por los comentarios a un borrador incial de este texto y por el intercambio que sostenemos sobre éste y otros tópicos desde hace mucho, mucho tiempo)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
